martes, 29 de enero de 2008

POR QUÉ ESCRIBIR UN LIBRO TITULADO PENDEJO NO ES SIEMPRE UNA PENDEJADA

Escrita por José Leandro Urbina, autor de "Cobro revertido" y "Las malas juntas":

Gonzalo León escribió una novela corta y la bautizó Pendejo. Así nomás abre la puerta para que se cuelen todo tipo de significados que nos obligan a pensar en un rango que va desde el niño chico hasta el idiota, sin faltar su pequeña dosis de pelo púbico dejado en algún intento frustrado en un baño o en el rincón pecaminoso de un topless. Pero hay más, en las páginas que siguen, sin pelos en la lengua, León pasa revista a una juventud vivida bajo el régimen militar, con un acercamiento minimalista y humoroso.
Páginas raramente impregnadas de cierta tristeza y banalidad naturalizada, donde el mundo pareciera ser para siempre la mediocridad cruel impuesta por una galería de personajes de talento dudoso. Y al mismo tiempo, en este mismo espacio, se desarrolla la épica escrita por Gonzalo León de cómo Gonzalo León, o León o Gordon Lyon, pasó por ingeniería en la Universidad Santa María y por la Democracia Cristiana, como militante, mirando mientras otros tiraban, llegando tarde a su cita con la historia, quedándose apenas con el “chao, gracias” final de Los Prisioneros que terminaban de cantar en la concentración final por el No que sacaría de La Moneda al general Pinochet y dando una vuelta confusa por las calles de Santiago para volver a Viña “sabiendo que por unos segundos fuimos protagonistas de algo histórico o, como le gusta bromear a Dante, de algo antihistórico o nunca antes visto”. Es también la épica de cómo nuestro héroe viñamarino abandona el hogar materno y viaja a la ciudad para convertirse en periodista y finalmente en un escritor publicado.
Todo esto y mucho más nos cuenta el autor- narrador- personaje en noventa y cinco páginas en las que domina el presente con su efecto de cercanía y se salta hacia el pasado o el futuro configurando una narración sin mucho misterio pero tensada por los tonos que emplea Gonzalo León para elaborar uno de los tantos posibles himnos generacionales que termina en uno de esos geniales clímax de las viejas películas roqueras cuando el héroe que lo ha pasado mal y ha sido impugnado por su actitud rebelde entra en la sala a mandarse el concierto final (o inicial) y sus profesores, padres y hasta los policías del pueblo bailan al compás y lo celebran, porque después de todo es un buen muchacho. El libro finaliza con un:
“Con el valor que me va quedando, me pongo de pie y camino hacia la sala, en donde me esperan Johnny, el Roto Quezada, JP, Hugo Cárdenas, Yoko Ono, mi madre y el padre de Dante en representación de mis ex amigos de colegio”.
Y la frase de cierre: “Intento decir algo inteligente, recurrir a la originalidad, pero en verdad no sé qué cresta se puede decir sobre un libro recién escrito”.
Este silencio acechante es el margen con el que siempre juega Pendejo. Desde sus comienzos balbucientes en que trata de explicarnos por qué esta novela es novela pero no es novela: “La historia de esta novela, al igual que muchas otras, podría resumirse en dos: una verdadera y otra falsa, es decir, una que parece creíble y otra que nos gustaría creer”. Un párrafo más abajo el relato se larga: “Vivo en Viña del Mar desde los 3 años, cuando mis padres decidieron ser vecinos de mi abuelo materno, en la población Empart, adyacente a la Quinta Vergara”. Desde allí parte el viaje hacia el libro final (o inicial). Entre medio, un camino lleno de pequeñas aventuras, un narrador que cruza un mundo invadido por personajes en cierta medida autistas, un poquito patéticos y, al mismo tiempo, sin muchas pasiones. Aunque el deseo parece estar allí, siempre aparece en el lugar inadecuado. Se llega a percibir una casi indiferencia ante el sexo que parece haber sido despojado de su ingrediente erótico para convertirse en un ejercicio mecánico de mantención.
La única pasión que parece desarrollarse y perdurar es la de escribir, y la de describir. En muchos momentos de Pendejo, el narrador parece un observador extranjero, un observador que se admira de lo habitual, que recorre con extrañamiento los distintos mundillos santiaguinos sin parar de comentar.
León, el personaje y narrador, es torpe, se mueve torpemente en un espacio que siempre está tratando de entender. León, el escritor, mantiene a su personaje en la aventura callejera, siempre falto de recursos, entrando y saliendo de trabajos que le resultan inmanejables, cayendo en esos estados de pobreza en los que siempre alcanza para una cervecita más o para la caricia más profunda de una puta.
León ha pasado por la escuela de escritores estadounidenses y se percibe al mencionado Easton Ellis o al no mencionado
John Kennedy Toole, pero en realidad a veces sospechamos, mientras leemos Pendejo, el lado ruso de León, el personaje, que podría tornarse en una especie de Rodión Románovich Raskólnikov y eliminar a alguna vieja con plata suficiente para ir al Mall del Sexo.
Pero no pasa, llegamos hasta el final y nos encontramos con que este pequeño libro, sin gran estridencia, le toma el pulso a su manera a la sociedad chilena. La manera de León, me atrevo a afirmar, será más efectiva que muchos sesudos ensayos, porque en su aparente no sentir, en esa especie de anestesia que recorre su universo, está el sentir de muchos que recién empiezan a sacudirse la modorra dictatorial y que, cuando les toca decir algo inteligente sobre lo que terminan de expresar -como a Gonzalo León, León o Gordon Lyon-, se les acaban las palabras.

Pendejada pura

Crítica en suplemento Cultura de La Tercera, escrita por Juan Manuel Vial el 26/01/2008:

Son pocos los que han luchado tan decididamente como Gonzalo León por convertirse en un escritor de fuste. Vea usted: el hombre abandonó la ingeniería, estudió periodismo, emprendió un buen número de lecturas malditas, deambuló en calidad de zombie por las noches santiaguinas, despotricó por escrito contra otros autores, se sumergió en el mundo de las drogas, hizo apología de la borrachera y, corriendo riesgos aun mayores, habitó lugares francamente cochambrosos, en los que predominaba el desorden, la inmundicia y las cucarachas. Sin embargo, después de semejante dedicación, León todavía tiene dudas estruendosas al respecto, a juzgar por un párrafo muy decidor de Pendejo, la novela autobiográfica que acaba de publicar: “Quizás por esto no sé si hoy me gustaría ser escritor. Por el momento solamente escribo, lleno páginas, transcribo historias, que no sé si me pertenecen. ¿Las historias personales son de mi propiedad? Al parecer sí. Pero si en ellas hay más gente involucrada, ¿lo siguen siendo?”.
Según se lee en la contratapa de Pendejo, este libro sería la última parte de una trilogía que se inició con la novela Pornografíapura (2004) y continuó con Punga (2006), una recopilación de crónicas. No obstante, el valor del conjunto parece ser meramente nominal, así como casual y descuidada es la escritura de León: en Pendejo abundan las faltas de ortografía, el mal uso de las comas, la acidia narrativa, los chistecitos fomes, las inexactitudes bárbaras (Pinochet jamás fue Presidente de la República) y, sobre todo lo ya dicho, aquella actitud de adolescente maldito que ha caracterizado al autor en sus obras anteriores, pose literaria que, a estas alturas, sólo puede ser efectiva ante un auditorio de abuelitas mojigatas de provincia.
El protagonista de Pendejo, un gordo que se llama León, narra sus aventuras escolares, universitarias y profesionales desde que llegó a Viña del Mar a los tres años de edad, hasta que se mudó definitivamente a Santiago luego de haber estudiado un año Ingeniería Civil en la Universidad Federico Santa María. Una vez en la capital, León se matriculó en la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile, y allí, entre parranda y parranda, cursó la carrera completa y se recibió, lo cual le permitió trabajar un tiempo en revistas Apsi y Análisis, publicaciones que dejaron de requerir sus servicios con bastante prontitud, como él mismo cuenta sin pelos en la lengua. Y aquí hay un mérito literario, probablemente el único, además de la brevedad, que el lector encontrará en Pendejo: Gonzalo León tiene la capacidad y la frescura para reírse de sí mismo sin contemplaciones.
Ahora como no hay mucho más que decir acerca de Pendejo, tal vez sea útil seguir hablando de su autor. Hoy por hoy, y desde hace tiempo, León escribe una crónica dominical en La Nación, ejercicio en el que se ha ido perfeccionando hasta conseguir aciertos. Es la crónica periodística, por lo tanto, el género en donde este personaje de sí mismo se mueve con mayor comodidad; la crónica escrita al vuelo, la crónica de caminante, la crónica del observador de momentos, la crónica efímera. Y por favor no vaya el lector a creer que este reseñador está siendo irónico, puesto que hay varios colegas de León que posan de grandes cronistas, cuando la verdad sea dicha, la pluma no les da ni para anotar asientos de poca monta en su registro contable.
Pendejo cuenta con un sonoro epígrafe de Enrique Lihn, que, pese a no guardar relación alguna con el contenido de la novela, sí es útil de citar ahora mismo, pues permite al lector, justo al cumplirse dos décadas de la muerte de Lihn, apreciar si en algo han cambiado las cosas aquí: “Vivir en Chile no ha sido nunca, culturalmente hablando, vivir bien; en el día de hoy significa, quizá, la ruina. Las reducciones han llegado al límite. Un solo crítico, ninguna revista, dos salas de conferencia, un lugar de reunión, nada”. La pregunta está planteada.

lunes, 7 de enero de 2008

"Todos quieran estar en Anagrama, es absurdo"

Escrito por Antonio Díaz Oliva el 6 de enero de 2008 en Paniko.cl

En Pendejo, el tercer libro del cronista Gonzalo León, siguen las historias de putas y el descuero al chauvinismo local. Conversamos con el autor de una de las trilogías más criollas del último tiempo.
Como pueden ver he llegado al departamento del escritor y periodista Gonzalo León. Es martes en la tarde y afuera dos tremendas excavadoras piquetean el cemento. Pero aunque el ruido se haga insoportable en el transcurso de esta entrevista, Gonzalo León se las arreglará para contar sobre Pendejo. Su novela donde narra las peripecias que pasa León -su alter ego o algo así- camino a convertirse en escritor. Desde las celebraciones chauvinistas de un país en dictadura por la obtención del título miss universo en un certamen de belleza, las variadas veces en que se va con putas de dudosa calidad, hasta la publicación de su primer libro La Ley del Hielo a comienzos de los noventa.
De eso y un poco más tiene Pendejo, tomo con el que viene a cerrar la trilogía literaria que empezó con Pornografía Pura (2004) y siguió con Punga (2006). El primero corresponde a varias crónicas sobre personajes como Jorge González o el escritor Mauricio Wacquez y el segundo una suerte de best of de su trabajo como cronista en la sección A Sangre Fría de La Nación Domingo.
En la siguiente hora Gonzalo León: 1) Hablará sobre Roberto Bolaño reiteradas veces. 2) Asegurará hasta el cansancio que la nueva camada de escritores como Alejandro Zambra o Álvaro Bisama son lo mismo que la Nueva Narrativa. 3) Mencionará a escritores púberes como Pablo Toro, Esteban Catalán o Diego Zúñiga. 4) Alegará por el esnobismo cultural de los chilenos. 5) Invitará a una cerveza a este entrevistador, lo cual en cualquier escuela de periodismo sería considerado una falta ética. 6) Comenzará esta entrevista aclarando el nacimiento de Pendejo.
“Cuando me preguntaban en un bar por qué llegaste a escribir yo no sabía mucho qué responder, se me venían a la mente determinados hechos. Y los iba contando por separado. Entonces estas situaciones o capítulos o episodios son cosas que yo respondí en distintas épocas de mi vida cuando me preguntaba por qué escribía. Y que ahora junté en un libro”.
-¿Y la idea de hacer una trilogía?
-Eso sale cuando Martín Gambarotta, poeta argentino de la generación del 90, me dijo ‘ah, Pornografía Pura, Punga ¿ahora vas a escribir otro con P?’ Y yo dije bueno. No es gratuito, por eso pensé en un título con P. Escribir con una letra o sin ella, como Perec, es una intencionalidad. Con P empiezan palabras como putas, presidente, pololas, pajas…
-Padres, pérdidas… hay varias…
-Claro. Entonces tiene mucho significante. Como El segundo deseo que es de Ramón Díaz Eterovic donde explica al personaje Heredia. A su vez este libro explica, escrito desde la experiencia, la construcción del personaje que es León. A partir de aquí se puede explicar Pornografía Pura, Punga.
-¿A qué te refieres con escribir desde la experiencia?
-Lo que pasa es que en Chile existe una abnegación por la figura literaria, abnegación y desprecio. Yo en general, tiendo a venerar a la gente que todos desprecian. Escritores como Alfredo Gómez Morel o incluso Luis Cornejo.
“Paralelo a eso existe un endiosamiento a figuras como Pablo Neruda, Gabriela Mistral. Y Roberto Bolaño ahora último. Entonces uno para escribir algo sobre el fenómeno Bolaño o del legado de Bolaño, no tiene por qué leer a Bolaño. Yo cuando hice el artículo de Bolaño en La Tercera me había leído sólo un libro de él. En rigor uno habla del legado y el legado no es solamente en la obra. También es cómo se toman esa obra los otros escritores que vienen atrás. Y yo a esos escritores sí los he leído. A Zambra, o más jóvenes como Pablo Toro, Diego Zúñiga, Claudia Apablaza. O Carlos Labbé. Y a uno le queda claro el legado. El texto de La Tercera se llamaba Escribir sin Bolaño, no se trataba de no lean a Bolaño.
-Entonces es una suerte de consejo para las generaciones que vienen atrás…
-Ni siquiera, esa es como una apreciación para los que vienen tras esta veneración excesiva que se tiene por determinadas figuras, te puede llevar a escribir y leer mal.
“Después del artículo algunos escritores jóvenes me dijeron que cómo era posible que escribiera eso sin haber leído nada de Bolaño. Nada narrativo en todo caso, porque había leído los Perros románticos. Entonces me leí lo que mucha gente asegura que son los dos peores libros de Bolaño: Amuleto y El Gaucho insufrible. No sé poh, gente como Gonzalo Garcés y el crítico de libros de la revista Capital, me dijeron que eran los más malos. Pero es interesante leerse los peores textos, porque en el fondo uno sabe que es desde ahí hacia arriba.
-¿Y qué te pasó?
-Me gustó más Amuleto que el Gaucho… me parece que lo que Bolaño habla no tiene nada que ver con lo que me dijeron. Bolaño plantea algo que es terrible: cuando uno escribe deja de leer por placer, porque uno se transforma en un detective para saber cómo el otro huevón, el otro escritor la hizo.
“En el Gaucho… sale un texto que se llama El policía de erratas. Ahí está todo, la imagen del detective que está en todas partes, en las alcantarillas, en la novela policial, en la literatura. Como cuando Ricardo Piglia habla de esa figura del lector y escritor…
-El escritor como lector dice Piglia.
-Exacto, eso de que cuando uno está escribiendo, está leyendo. El escritor te plantea un texto y en ese texto uno se pone a aventurar, onda ese huevón va por aquí, por allá. En el momento en que yo cacho por donde va ese escritor, dejo de leer, porque ya no me interesa.
“Al final, la narrativa se trata de habilidad, del amague. Es muy importante que nunca te adivinen para dónde vas.”
-Cambiando de tema: ¿Cómo va Bilis, la revista literaria que estás manejando?
-Ya vamos a sacar el número B. Pero curiosamente con los escritores chilenos no ha habido mucha recepción. Esto pasa cuando una revista se instala, que provoca susceptibilidades. Ya no se ve la revista como un hecho cultural, se ve como un hecho político. A quién esto ayudando.
-¿Amiguismo, amistocracia?
-Claro, pero de hecho nosotros estamos como para meter gente totalmente contraria, huevás que a mí no me gustan como Alejandro Zambra y Álvaro Bisama, pero sus colaboraciones se cayeron. Ya dos veces. Me queda muy claro que por ahí no va la cosa. Y curiosamente afuera, gente como Edmundo Paz Soldán han colaborado al tiro.
-¿Y qué quieren con Bilis?
-Que sea un referente narrativo. En estos momentos, escribir narrativa es escribir un libro o salir en un fanzine. Lo que pasa es que desde la dictadura, hasta hoy día el medio literario es muy cerrado. Antes uno tenía la oportunidad de publicar, había alternativas de editoriales.
“Por eso entramos a trabajar con Nicolás Cornejo a coordinar la colección de narrativa de la Calabaza del Diablo y queremos hacer una especie de colección enfocada en jóvenes. Lo que pasa es que ahora no significa mucho escribir, un escritor no es importante ni para este país ni para otro. Quizás para Estados Unidos es importante porque a través de la escritura difunde ideología. Pero nosotros no difundimos nada, qué vamos a difundir ¿Cobre?
-¿Y entonces qué buscan con la parte narrativa juvenil de La Calabaza…?
-Lo que queremos hacer con esta colección que se llama Hazla corta es publicar libros de menos de 60 páginas de escritores jóvenes. Y todo destinado a crear ideología. No sólo vamos a seleccionar buenos textos, sino los textos que intente difundir la ideología de la editorial que es muy simple: esto es una mierda, no a la globalización. Entre un cuento que se desarrolle en Chile o Malasia, preferimos el de Chile. Por algo político. Porque no puede ser que todos los escritores chilenos quieran escribir en Anagrama. Eso es absurdo.
-Como cuando vino Jorge Herralde (editor) y todos los escritores chilenos le pasaban su manuscrito después de la charla.
-Claro, lo que pasa es que existe una negación del chileno hace rato. Yo creo que hay cuentistas de la nueva narrativa, como Jaime Collyer, a quien yo estimo mucho y que en Pendejo aparece, tiene por ejemplo un relato que sucede en Viena. Nada que ver con Chile entonces. Por eso te digo que Zambra y Bisama son sólo una revisión del fenómeno de la nueva narrativa, apuntan a lo mismo.
-Pero cuando salió Bonsái quedó la cagá y las dos generaciones de escritores se pelearon. Además igual plantean algo diferente en cuanto a escritura…
-No importa, son lo mismo. Si tú analizas de texto a texto Gonzalo Contreras y Zambra, es la misma huevá. Lo que pasa es que los polos iguales se repelen. Gonzalo Contreras tiene la misma negación para hablar de Chile, de la realidad, de lo que está pasando, el mismo eufemismo que Zambra. Es la misma huevá.
-¿Cómo así?
-Responden a un mecanismo que es globalizante es decir: una propuesta que podemos vender aquí y en la China. Y eso lo hace Ediciones B y ellos se adecuan a esa propuestas, porque por ejemplo Bonsái podría ser un libro que transcurriera durante la unidad popular…
-Pero de seguro Alejandro Zambra entiende la narrativa de otra forma…
-Sí, claro. Pero lo que pasa es que los narradores desde hace mucho tiempo le están haciendo la pega fácil al traductor, entonces escriben en español internacional, de aeropuerto.
-¿Sin chilenismos te refieres?
-Ajá. Y si vemos la narrativa cubana, por ejemplo, Pedro Juan Gutiérrez, que escribe huevás que uno no entiende y ni siquiera aparece explicado abajo. Eso no pasa acá y demuestra que muchos narradores chilenos no quieren nada de Chile.
-¿Pero eso no es Chile también? Para muchas personas eso de ser un país, digamos, “extranjerizable” es parte de la identidad…
-Sí, pero eso es un pensamiento de las élites, tanto política como económica. Y yo me niego a que eso suceda en la parte cultural. Si un compadre va a estar escribiendo así, yo me lo voy a mandar a guardar, porque vivimos en un país que se llama Chile. No vivimos en Internet, no somos el patio trasero de Estados Unidos ni España. Entonces que no hueven.
“Me acuerdo que al Raúl Ruiz lo entrevistó el Cristián Warnken. Y le preguntó: ¿a Ud. qué literatura le gusta?, ¿le gusta la literatura del boom?, ¿la de los 50?, ¿José Donoso? Y Ruiz dijo: no, no, a mí toda esa literatura, desde la generación del 50, me parece de un arribismo intelectual sublime que refleja a este país. Porque la verdadera literatura, y que a mí me gusta, es la literatura del criollismo, Federico Gana, Mariano Latorre. ¿Cachai a lo que me refiero? Porque hay que tener en cuenta que Raúl Ruiz es un tipo premiado en Francia, en Cannes y dice eso.
-Pero igual las nuevas generaciones de escritores tal vez vengan más extranjerizadas…
-Por eso escribí Pendejo. Y por eso no está dedicado a mí, sino a los pendejos de Chile para que lo que te expliqué no pase. En Chile se habla de las minorías: la de homosexuales, de pobres, etc. Y al final es como una gran minoría. Y a esa gran minoría yo le escribo. Al resto les diría lo de Jorge González: por qué no se van del país.
-¿Aunque Jorge González se fue y terminó haciendo electrónica?
-Ehhh sí, claro. Es que yo estoy hablando de la frase en este contexto.
-Ah, demás.

miércoles, 2 de enero de 2008

Gordon Lyon. aleonado

Escrito por Mili Rodríguez Villouta en La Nación (02/01/2008)

La biografía prematura de Rafael Gumucio nos preparó: desde sus precoces comienzos miraba el mundo en pasado. Gonzalo León en cambio, dirá, escribirá en futuro, un pasado que no termina de pasar. "En dos horas más iré a buscar mi sueldo a la revista Análisis, y en vista de que no lo recibiré por problemas de firma, me envalentonaré y empezaré a agarrar cosas en parte de pago: una máquina de escribir Underwood, una grabadora, las Páginas Amarillas del año".
A ratos este pasado futurizado adquiere una solemnidad propiamente freak, porque el periodista Gonzalo León, el autor de "Pendejo", tiene una comicidad única, y nunca se sabe si es él el que se está riendo de nosotros o nosotros de él.
Esta ¿novela de no ficción? es una memoria personal sin nostalgia y una suma de anécdotas escritas con desparpajo. Con una rara inocencia de pendejo, esa edad intermedia que hoy por hoy va entre los 15 y los 35 años (y antes sólo alcanzaba la franja dorada de entre los 15 y los 20).
En fin, que "Pendejo" -en edición de 800 ejemplares, casi un incunable- comienza con León citando a Enrique Lihn: "Vivir en Chile no ha sido nunca, culturalmente hablando, vivir bien ( ) Las reducciones han llegado al límite. Un solo crítico, ninguna revista, dos salas de conferencia, un lugar de reunión, nada".
Y él, Gordon Lyon, lo llama su amigo JP, atravesará el Chile de su juventud renunciando y siendo echado de radios, revistas y lugares donde ejerce fugazmente de relacionador público. En APSI, por ejemplo, le encargan un publirreportaje de Codelco, en El Salvador, pero bajo la volátil influencia del alcohol termina escribiendo en detalle sobre la vida loca del campamento minero, sus carretes y reventones. Respecto a su generación, a ratos León parece un ejemplar orgulloso, y a veces un individuo irreductible. En todo caso, "a Pinochet -sostiene- no lo derrotamos por la razón ni menos por la fuerza. Y eso se lo podremos contar con vergüenza a nuestros hijos, si es que los tenemos".
En cuanto a Viña del Mar, ciudad donde comienza su historia, dice: "Tiemblo al imaginarme viviendo acá hasta viejo, pero también tiemblo al verme en otra parte que no sea Viña". Lo que transmite Lyon, junto a su humor inclasificable -lo más cercano sería Laurel y Hardy- es que la literatura, el periodismo y hasta la vida, son una torpeza y una broma. Libro entretenido como muy pocos.

PENDEJO
Gonzalo León
Libros La Calabaza del Diablo
Santiago, Chile, 2007
95 páginas

http://http://www.lanacion.cl/prontus_noticias_v2/site/artic/20080101/pags/20080101170243.html