ese tipo que había llenado la noche con una risa del infierno y había acabado hundido en la caricatura demencial de su propio juego, no era el doble de nadie...
(Pablo Azócar)
(Pablo Azócar)
Pendejo, de Gonzalo León; o tal vez el autor Gonzalo León, o el personaje de Pendejo: un tal Gonzalo León; o incluso ese personaje que está en los escaparates de la librería Crisis, el autor de un libro, un tal Gonzalo León, que se llama igual al narrador del libro, para la sorpresa del mismo; bien podría (n) ser uno de el (los) personaje (s) de Eduardo Halfon y El ángel literario; así como Pablo Azócar, o el personaje de El señor que aparece de espaldas: Fausto, o Damián el personaje que se crea Fausto, bien podrían ser uno de los personajes de Bartleby y cia. de Vila Matas (incluso, y digámoslo, también de Halfon o del que quiera que así sea). Porque es del minuto en que un escritor se decide a serlo, y las infinitas posibilidades que hay de que un autor en esa decisión radical abandone la pertenencia certera de su nombre para trasmutarse en personaje de sí, de los otros, de las cosas, del aire incluso, un héroe, un antihéroe, un superhombre, una figura odiada por sus pares, amigos y familiares o de quién sea, es lo que va desentrañando León en este libro; como una disección, un ajuste de cuentas con el pasado, como dice él, y es lo que algunos insisten en llamar la rareza de la conciencia que debe adquirir el autor de sí mismo y la multiplicidad de caricaturas por venir que ello implica. Un proceso agotador, al fin y al cabo, pero que sucede y que es así (por mucho que algunos dejen de escribir y se escondan en sus madrigueras).
Y esa trasmutación de sujeto a escritor de la que León nos habla en este libro la recuerdo como una imagen que hasta hoy se revuelve (y no se resuelve) en mi cabeza. Es la pregunta que resuena de esa noche en que estaba con León y Nicolás Cornejo bebiendo una cerveza y que me llevó a molestarme, aún sin saber porqué (tal vez por su certeza, o sabe Dios porqué) y que fue cuando Cornejo me dijo si yo había ido a Chile como escritora o qué.
En Pendejo León intenta, entonces, esclarecer esas capas de trasmutaciones y metamorfosis personales y colectivas, bordear el inicio, saber desde cuándo, por qué y dónde comenzó su escritura y luego (o a la vez) trazar un mapa de ese recorrido. Y en ese recorrido ir levantando piedras, piedras que son las de su propia historia personal entrelazada a la historia de Chile, sin dejarla de lado, por supuesto, ya que bien sabemos que León declara tajantemente que el que no lo hace estaría cayendo en el fascismo, pensando que el mapa interno es también el mapa de Chile, o que si uno viaja debe viajar con las ciudades a cuestas. Esté en París, Venezuela o Cumpeo. Y ante esto último le digo por el chat: no tengo idea, León, lo siento.
León realiza en Pendejo entonces, un viaje, un viaje al Chile que lleva a cuestas, al Chile de los 90, a la anunciada democracia que vendrá, que se cruza con el viaje a su adolescencia, a parte de su infancia, a la relación con su padre, con su madre, su entrada a la universidad, al trabajo; intercalando también algunas breves imágenes de su presente. Así nos traza su plano personal, implicando todo el ejercicio de rastreo y aunque en la lectura nunca tuve la certeza exacta para decir si la figura se parece al mapa (imposible saberlo), sí estoy segura es que traza un mapa y de paso saca algunas ronchas y consigue con su texto algunas pataletas de críticos y/o autores que habitan sus caricaturas y su fauna. Y menciono estas pataletas, porque también tiene que ver con el tópico del libro de León: ser escritor y desde cuándo y quiénes lo rodean.
Bien sabemos que desde que el sujeto o persona que publica es escritor, se vuelve más público que antes y comienzan a circular a mayor cantidad y de mayor intensidad teorías, ficciones e ideas, y ya no sólo de ese que antes tenía un nombre “x” inscrito en el registro civil, sino que sus pares se van encargando de escribir su biografía ya sea en sueños, en llamadas telefónicas, en medios escritos, radiales, biografías póstumas, montajes, cahuines, y todo lo que el hombre dispone como medio de comunicación para llamar la atención del otro y configurar el sí mismo. Porque sin esa llamada de atención o ese grito de sí y del otro no se configura el yo, nos diría simplemente Freud. Y le creo. Por mucho que los estructuralistas quieran decir: murió el autor o La mort de l'Auteur, como dirían los más arribistas para demostrar que saben algo de francés y que leyeron a los estructuralistas, aunque sea un resumen y a los post, pasar por Gadamer, Butler, Foucault, Eco, Feyerabend y terminar internándose en las teorías de la autoficción de Serge Doubrovsky que se proclaman por allí, diciendo que renació el autor y que las autobiografías no existen y que los géneros tampoco. (Perdón, Señor, ¿pero no seré yo aquélla?).
Decía que el mapa personal de León es un mapa pesimista. Incluye la sentencia de la propia derrota y la vergüenza ajena: “muy en el fondo nos creíamos héroes de la derrota que vendrá, de la patada en el culo que nos darían los hechos políticos, del siga participando en la seudo democracia. A Pinochet, el Augusto, no lo derrotaremos ni por la razón ni menos por la fuerza. Y eso se lo podremos contar con vergüenza a nuestros hijos, si es que los tenemos”. Asume esa vergüenza y se ríe de ella. También se queda de pie frente a un abismo. En blanco, riéndose de sí mismo y del otro con el jueguito en clave que conlleva el uso de la ironía. Usando también algunos recursos caricaturescos, como cuando se le cuela en su imaginario lo Cartoon Network: La Caperucita, el gallo Claudio, los 4 fantásticos... ¡Aja! Afterpop Latinoamericano, diría Fernández Porta, saliendo tras bambalinas y señalando a León entre los escritores Nocilla. No tengo idea, le diría yo y no me interesa. Puede ser. Pero está el Cartoon Network y me hace reír y me hace recordar que los personajes son caricaturas, que nunca fueron personas, ni animales ni bestias ni humanos, por mucho que los escritores se afanen en hablar aquí y allá de llegada gloriosa de la realidad apetecida y majestuosa.
Tal vez podría terminar esto convenciéndome de que la ausencia (presencia) del padre es una de las figuras centrales tanto en este libro como en todo escritor o sujeto. Es uno de los puntos por donde se mueve todo relato. Apareciendo aquí como fantasma, ausente siempre, lo que crea un narrador-personaje desolado, ausente, carente, riéndose solo de su propia fiesta de graduación que no le servirá para su objetivo de ser escritor en ese momento y que es a lo que aspiraba, pero sí para tener un cartón de la Universidad de Chile, igual que su padre, y que su padre se lo querrá celebrar sólo con un simple hot-dog. De esta forma en Pendejo la escritura se presentará como antídoto a esa ausencia. La necesidad de ser escritor-creador y la angustia que hay en ese proceso, luego ir tras ese camino de regreso o ir hacia atrás para reordenar las piezas de este rompecabezas y explicarle a los demás quién fue ese padre que hoy no está (padre real y la anhelada democracia), quién reemplazó esa figura (el abuelo muerto) y quién, definitivamente la reemplaza hoy: la escritura. “...ella se angustiará más, porque no conoció a mi abuelo, ni sabe cómo era. Intentar explicar esto, entonces, está resultando un ejercicio literario, o un ajuste de cuentas con el pasado”. Y quién es además el personaje de esa escritura: un tal personaje que lleva su nombre y que se implica a fondo en la desgracia de esa ausencia. Un autor que se reproduce en un espejo una y mil veces. ¿Era eso la escritura?
En fin, buscar el punto irreversible donde se comienza a escribir es lo que nos muestra León en este libro, la regresión infinita hacia el propio infierno y todo lo que ello implica; y por otro lado Halfon nos dice para terminar El ángel literario: El ángel literario se asoma, nos eleva efímeramente hacia algunos paraísos y nos arrastra hacia nuestros propios infiernos, y eso es todo, y a la mierda.
Pendejo. Gonzalo León / Editorial La Calabaza del Diablo
Santiago, 2007
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