sábado, 5 de julio de 2008

Un pendejo de la transición: entre la patria y el desorden

Escrito por Álvaro García, licenciado en Letras de la Universidad Católica:

Como si el escribir y publicar no solo fuera gastar páginas sobre lo perro-romántica que es la literatura y el arte, Pendejo (Calabaza del Diablo, 2007) del periodista y novelista Gonzalo León nos trae una novela a contracorriente del credo editorial valiéndose de una concienzuda ficción que da cabida a temas despreciados por la buena onda de la posdictadura, optando en cambio por la alegría que no llegó: el desencanto noventero, la falta de credibilidad en la política chilena y la precaria fiesta de codelcos, teletones y democracias.
El drama del pendejo personaje de la novela, muy en la línea de la Picaresca, puede leerse como sigue: ausencia de padre, viaje en orfandad y búsqueda de referentes putativos que reporten autoridad: trabajos, jefes, república literaria y sexo satisfactorio. A los fanáticos de las comparaciones y la intertextualidad podemos señalar que la novela comparte intereses con Electorat y Fuguet, sin embargo la narrativa de León definitivamente no es la épica de su generación. Genéricamente, Pendejo tiene su parentesco más obvio en las Memorias prematuras de Rafael Gumucio. Vale decir, estamos frente a un tipo de narración que se supone autobiográfica o ante una novela de formación que liga la maduración del personaje-narrador-escritor con las vivencias de un país tensionado por conflictos y bochornos político-sociales. Gumucio define en el acto de su escritura el cúmulo de recuerdos de un joven avejentado. León, en cambio, nominaliza con agresividad al prot-ant-agonista de su escritura, llamándolo pendejo por los siglos de los siglos.
En la novela, el pendejo lleva un nombre: se llama “Gonzalo León”, un héroe a la medida de la “patria justa y buena” para nada sapiente et fortitudo. Su lógica es distintiva y contradictoria: egoísta, cruel, divertido, generoso, sensual, borracho, perdedor, ladino, ingenioso, coquero, inteligente, ingenuo, irreverente, resentido, inmaduro, busquilla, miedoso, politiquero, descomprometido, “frágil, doliente, cínico y valiente”. Si mal no recuerdo, Aristóteles en su Poética estableció una clasificación dual y jerárquica de la narración, una alta y la otra baja: tragedia y comedia, donde el corte conceptual se refería a la condición mimética de los personajes. Una “even better than the real thing”, donde los grandes hombres se encuentran en conflicto con sus dioses y el fatum. En la otra, personajes de baja estofa se desenvuelven en circunstancias harto menos honorables. Desde Chile Gregory Cohen, un aristotélico sui-generis, distingue las ficciones (literarias o no) en lo Épico y lo Tonto. La primera es toda aquella narración que posee atisbos de lo sublime, la verosimilitud, la seriedad y sus pretensiones clásicas. La segunda corresponde a lo trivial, lo inmotivado, la comicidad nonsense y la intencionalidad ridícula, familiarizada con las formas delirantes. El roto de Edwards Bello sería un relato Épico y Pendejo sería una novelita Tonta. Lo Épico sin ningún problema puede llegar a ser catalogado de kitsch, a diferencia de lo Tonto, que intenta darle una vuelta de tuerca. En este sentido tomemos cuatro ejemplos venidos del cine, dejando de lado valoraciones cualitativas y dificultades en cuanto a legibilidad. Películas como Takilleitor o El hombre que imaginaba (con guión del mismísimo Cohen) ofrecen un imaginario Tonto, mientras que frente a ellas El ciudadano Kane y El entusiasmo (de Ricardo Larraín) resultan Épicas.
Volviendo a la novela, imaginemos un argumento Épico: si León hubiese optado por convertir a su personaje en filosofo existencialista y músico gótico, como prolongación del lamento de muerte de su abuelo; o que en el lecho de muerte le hubiera prometido convertirse en escritor de realismo social y terminara publicando una versión de Sub-Terra antiglobalización, a la vez que se matrimoniaba con una periodista famosa por reportajes medioambientalistas. Pese a lo burdo y poco imaginativo de esta última ejemplificación, lo que quiero resaltar es la condición prefabricada de gran personaje y las ambiciones clichés que son el riesgo de una mala novela Épica. En cambio “León”, el personaje, desde su pequeña esquina del mundo observa su entorno cotidiano, siempre listo para ridiculizar las relaciones entre amigos y “amigos con ventaja”, para desmitificar las diferencias entre ciudades provincianas y la gran capital, para percibir el fino hilo que se teje entre la política de conferencia de prensa y la política turbia que marca los cambios en el país; además de dejar en claro continuamente que el primero en ridiculizarse es él mismo. En definitiva, optando por apurar la tomatera y los jales en vez de conseguir la descripción sicoanalizable de sentimientos profundos y oscuros.
Entonces, si los dignos personajes de nuestra literatura van, por poner sólo dos nombres, desde el arribista Martín Rivas al reventado Matías Vicuña, ¿por qué no podría existir una versión local cómica de las novelas de aprendizaje? En este round con la tradición, Pendejo se atreve a reunir una serie de anécdotas de orden casi enteramente cronológico que llevan a “León” desde la provincia costera a la capital con la motivación de convertirse en escritor y, con suerte, ser publicado. La estructura del texto explora la conciencia episódica donde todo termina saliendo mal para el héroe, el narrador luser entre tanto no pierde ocasión de hacer observaciones irónicas y de dejar en claro el correlato de sus experiencias: el Chile predemocrático y de la transición.
La juntura entre la picaresca clásica y la moral de cine serie B desarrollada por la novela, nos entrega una narración rápida que utiliza la apariencia burda para pasar su contrabando crítico. El héroe de Pendejo desiste de la sobriedad de la razón, para lanzarse a los bríos de la ebriedad. En esta progresión, las escasas páginas del texto parecieran ser tan solo un resumen de la novela que da con un tono de personaje y no con un desarrollo. En su ritmo elíptico y sincopado, el texto va configurando el retrato perfecto de un pendejo que no puede ser sino tonto, falto de pathos, que llega a provocar un efecto cómico con su mediocridad vital: “Días más tarde, estaré tan volado que en vez de anotar en la postulación al crédito fiscal lo que necesitaba para el año, pondré lo que necesito para el mes. ¿Resultado? Me darán sólo un 5% de crédito y ninguna beca de alimentación”. La comicidad se vale de una escritura conjugada en presente y futuro, donde abundan los saltos-anuncios al futuro (aunque no flashfoward), evitándose la mirada retrospectiva nostálgica, (des)encantada por el pasado y la experiencia; por el contrario, lo que se reafirma es una actualidad siempre colindante con el ridículo, la misoginia y el resentimiento.
Pendejo tiene por fuentes la oralidad, el anecdotario, el gag y también el periodismo en primera persona. No el ideológico, oculto en la información bruta que sostiene la línea editorial de tal o cual diario; más bien la novela trae a la mente el caso de un Hunter S. Thompson tercermundista. “Yo jamás había escrito un reportaje y, en toda mi vida profesional, sólo escribiré dos o tres, uno de ellos sobre los transexuales en pocos meses más”. El pendejo periodista de la novela cuando va a cubrir un reportaje institucional para Codelco termina relatando la bajada de los mineros y participando en sus juergas. Este pasaje nos revela el ajuste de cuentas del personaje con el mundo: en medio de un país a la Juan Pablo Dávila, “León” quiere su happy hour en el festín cuprífero. De este modo concretiza una avidez por el desmadre del carrete, el intento por la supervivencia económica y su deseo por la escritura vitalista.
El periodista termina por enfrentarse a la realidad bajo el signo de no sometimiento a la autoridad laboral, incluyendo los deberes que implican estar en un cargo burocrático (me refiero al capítulo sobre un pueblo de muertos llamado Illapel). “León” pudo terminar convertido en un estudiante eterno, organizando carretes universitarios y relatando el acopio de intercambios sexuales dentro de los campus. Afortunadamente salió de ahí, para darnos la impresión de ser el último exponente de los personajes republicanos que empezaron a terminarse el 73. Aquellos para los que la política y la vida licenciosa van de la mano. “León” partió como joven DC: “La política me gusta y me seguirá gustando, pero ya en otro terreno y no como militante. Con los años seré un crítico del sistema, pero a la vez criticaré a los que critican, lo que me llevará al marasmo y la desidia, en otras palabras, a no votar ni creer en nada ni en nadie”. El aprendizaje político partidista más parece sacado de una película de Woody Allen: juegos sexuales en las dependencias ocupadas por el partido, idas frustradas a celebraciones prodemocracia que terminan en un simple “Chao, gracias”, elecciones universitarias que terminan en un leve y honesto gesto alcohólico. “León” en un ataque de honestidad sostiene que los candidatos a cualquier cosa nunca cumplen sus promesas: “somos los peores, somos unos simples curados –concluyo y pido un par de cervezas”. Al fin y al cabo la educación política de “León” es la de un autodidacta. Alguien que no se vendió por un completo al terminar sus estudios superiores, ni asistió al casting para conducir un show de televisión para los jóvenes de los 90. Su falta de contactos glamorosos (lo suyo son las amistades freaks), propio de los niños-bien, y su desfachatez lo llevan, paradojalmente, a incluso ser objeto de reportaje en uno de esos nuevos programas televisivos “para lolitos democráticos y críticos”.
En la novela lo político puede llegar ser tragicómico, o cuando menos amargo en su ironía. “A Pinochet, el Augusto, no lo derrotamos ni por la razón ni menos por la fuerza. Y eso se lo podremos contar con vergüenza a nuestros hijos, si es que los tenemos”. El Chile maniaco-depresivo, que también saca a relucir sus carencias en el pan y circo, aparece muy bien ejemplarizado en el texto en su observación de la espontánea celebración vecinal, momento que marca la entronización de la, hasta entonces, desconocida Cecilia Bolocco. Son los sucesos de la resaca de la ola democratizadora los que experimenta “León”, pero sin caer en el solipsismo, muy por el contrario, la historia de Chile de los últimos 30 años es lo que mantiene en perspectiva al pendejo opinante. Por ahí en sus páginas corre una generación hija de las vendettas y desfalcos, cuyo eje es la provincia-ciudad.
La valoración de Pendejo se funda en la voz cínica que, como narrador- personaje, se desdobla en el texto y su lenguaje. La ironía recae tanto sobre él como en los demás personajes y las peripecias. Al mismo tiempo en su “casi al pasar”, la novela nos ofrece una apreciación del desencanto particular ante nuestra clase política, los medios de comunicación, las industrias de la educación y el mundo editorial. Estas memorias ficticias pendejas llegan a alentar un relato más político que existencial, hecho que destaca sobre otros intentos narrativos similares. Sin duda son válidas las preguntas que plantea el hablante “León”: ¿por qué se escribe? y ¿sobre qué escribir hoy? Tal vez vale la pena pasar encima de cualquier prejuicio, en última instancia causado por el snobismo chilensis, que desautoriza a autores como Gonzalo León en su insolencia de publicar y merecer atención crítica. La novela termina con el evento de lanzamiento del primer libro de cuentos de “León” escritor. Es ahí cuando él ya no tiene comentario que hacer y calla. Cuando la vitalidad que alimentó la escritura cede y el proceso escritural acaba convirtiéndose en un ítem de vitrina. Entonces el storyteller se da cuenta que el texto pasa a ser parte del mundo, del “dominio público” y de los análisis fundados en la teoría de la recepción. De ahí que el epígrafe de Lihn sobre el terreno baldío sin brillo ni oropel que es la vida cultural en Chile cobre actualidad, convirtiendo a Pendejo en un ejemplo más de los libros con sentido del humor político de los que la seria y empaquetada literatura chilena carece.

jueves, 26 de junio de 2008

Chorito estúpido

Escrito por Corrales (!) en la desaparecida Revista Ronda marzo del 2008:


Un diccionario de lugares comunes, chistecitos que no funcionan y un personaje narrador estúpido por donde lo miren, podría ser el resumen de la última entrega del periodista Gonzalo León. La novela se titula Pendejo y narra en primera persona las aventuras de un pobre huevón de Viña -llamado igual que el autor- que sale del colegio en los tiempos del Sí y el No. Como el texto es terriblemente predecible, el niño es activista del No y politiquiento al peo. Después entra a estudiar ingeniería, se le muere el abuelo con el que vive y se da cuenta de que quiere ser escritor. Para eso se viene a vivir a Santiago a estudiar periodismo, la carrera de los escritores y animadores de televisión. Una vez en la capital el personaje se vuelve más chorito aún, no tiene plata para nada, vive en pensiones, fuma pasta base, va a casas de putas, siente que tiene talento literario y tiene trabajos esporádicos como periodista. La novela está llena de personajes con nombres reales: una ofensa.
La sensación que produce este libro son náuseas, pues está lleno de clichés de adolescentes tirados a rebeldes. Con esto me refiero a que esta novela estúpidamente bien titulada, goza de un sinnúmero de frases del tipo: "la vida es un suicidio a largo plazo, que vamos pagando en cómodas cuotas", "la droga no mata, pero el desempleo, el hambre y la falta de drogas sí"; sólo por mencionar unas pocas de una larga lista de sentencias terriblemente graves, entremedio de unos episodios supuestamente cómicos de putas y pitos, que no vale la pena recordar.
Me extraña que en la editorial donde publican a un grande como Marcelo Mellado, también publiquen un libro tan malo, cuya única virtud está en que se lee rápido: en un ataque de diarrea ya está todo el libro listo. Ni cagando recomiendo su lectura, a menos que un lector profesional quiera ver en detalle cómo se escribe un libro malo.

lunes, 21 de abril de 2008

Entre Chinaski y el Lazarrillo de Tormes

Escrito por Luis Riffo en el sumplemento Invite de El Mercurio de Valparaíso:

Usando una expresión recurrente de León, este libro me recuerda a Bukowski o alguien por el estilo. No sólo por los tumbos que el protagonista experimenta de principio a fin, sino por la deliberada voluntad de escribir al margen de lo que podríamos llamar “lenguaje literario”. Pendejo es la última entrega de una trilogía compuesta además por Pornografíapura y Punga. Una tríada que puede descomponer el rostro de quienes esperan una experiencia estética aséptica o una incursión en las complejidades del idioma.
Lo que se propone como una novela es una variante de ese estilo de crónica periodística que ha significado cierta fama para el autor, del que ha dado muestras en las páginas de La Nación del día domingo: periodismo en primera persona que exacerba la negación de la objetividad que se le atribuye al ejercicio de esa profesión. León simplemente se antepone a los acontecimientos, se convierte en el cristal brumoso a través del cual el lector observa los hechos, casi siempre cotidianos, patéticos, pero llenos de implicancias políticas y culturales.
La historia se desarrolla desde el egreso del colegio del protagonista hasta el lanzamiento de su primer libro, es decir, desde mediados de los ochenta hasta 1994, período que coincide con las postrimerías de la dictadura y el comienzo de la democracia. La seguidilla de desventuras, desaciertos y conductas inapropiadas del personaje tiene como nítido telón de fondo las desventuras, desaciertos y conductas inapropiadas de la clase política chilena, la cual recibe siempre un ácido comentario crítico que se concentra principalmente en las condiciones en que se produjo la transición a la democracia. Desde la coronación de Cecilia Bolocco hasta las segundas elecciones presidenciales, la novela va dibujado una visión escéptica y pesimista del comportamiento social y lo hace desde la perspectiva de un testigo que actúa con una premeditada o inevitable actitud políticamente incorrecta.
Me imagino que a Gonzalo León (el autor) le resulta irrelevante la discusión acerca de los méritos literarios de su novela. Es posible que me equivoque. El lenguaje es coloquial y las citas literarias carecen de pretensiones culteranas. No hay ingenuidad en ello. El talento narrativo de León queda demostrado por la solidez de la estructura novelesca, un hilo narrativo que nunca se corta pese a las aparentes digresiones, el versátil juego con los tiempos verbales y esa conciencia de ser un exhibicionista que se pone a disposición del voyeurismo de los lectores: “me encuentro con mi tocayo que, como ustedes observan, está sentado en una escala”.
Lo cierto es que la sucesión de desastrosas anécdotas de su vida de estudiante tiene una gracia y una frescura poco frecuentes y que es posible asimilar con esas historias de desvergonzada supervivencia propias de la novela picaresca, aquella que, bajo el pretexto de un cínico moralismo, desplegaba una serie de conductas que no debían ser imitadas.
Ese embutido de Henry Chinaski y Lazarillo de Tormes que es Gonzalo León (el personaje) tiene la eficacia de una postura ética y política que funciona por negación. Al actuar de manera contraria al sentido común o a las reglas de un contexto puesto en tela de juicio, destruye todo sustento válido, reduce a cenizas la seriedad de las instituciones y nos hace reír mientras se disuelven los espejismos de un país ilusoriamente exitoso.

lunes, 14 de abril de 2008

Bueno el cilantro...

Escrito por José Promis en Revista de Libros de El Mercurio (13/04/2008):

La lectura de Pendejo, la reciente publicación de Gonzalo León, trae el recuerdo de Pornografíapura (2004), donde el autor aseguraba que en sus inicios el texto había tratado de presentar una historia lo más original posible. Seguramente era la respuesta al desconcierto de los lectores ante un libro que se definía como novela, pero sin parecer tal. Desafortunadamente no tengo a la vista el texto de Punga (2006) y no me viene a la memoria una justificación semejante, pero las páginas de Pendejo se inician con la frase: "La historia de esta novela, al igual que muchas otras, podría resumirse en dos: una verdadera y otra falsa, es decir, una que parece creíble y otra que nos gustaría creer". Una cuchufleta aristotélica -aunque honestamente no sé si el autor habrá tenido la voluntad de bromear con la Poética- que enfatiza el carácter híbrido, lúdico y desenfadado de la prosa que ha venido practicando Gonzalo León, con un estilo que tiene mucho de crónica periodística amarilla y narrativa de imaginación. En Pendejo, ficción pura y ficcionalización de la realidad biográfica dejan siempre la incertidumbre sobre sus límites. Aunque Paul Gauguin nunca vivió en Iquique, como afirma la voz narrativa, las peripecias que relata nacen sin duda de las propias experiencias del autor.Lo cierto es que Gonzalo León se divierte calzando los zapatos de su protagonista para narrar sus zarzaleras aventuras. Y aunque sé que este adjetivo no existe en nuestro idioma, no se me ocurre otro para referirme a las andanzas de Gordon Lyon, como lo llama uno de sus cuates en Pendejo; andanzas que tienen una base biográfica indudable, pero que narradas por la voz del Gonzalo León de papel se transforman en matorrales imaginarios que hieren e incomodan; que pueden exasperar, pero también conducirnos a la reflexión y el asentimiento. La sátira narrativa de Pendejo concluye por ahora el desarrollo de la formación de un prototipo humano característico de la sociedad chilena actual, al menos como lo considera su autor. Contemplamos al Gonzalo León protagonista desde que termina el colegio en Viña del Mar a mediados de los años ochenta hasta que se recibe en Periodismo diez años después. Su historia constituye una narrativa antiépica que desnuda un mundo de banalidad donde los nuevos héroes obtienen su valentía del consumo del alcohol, la pasta base, la marihuana y la cocaína; donde la acomodación ha suplantado a los antiguos ideales y la irresponsabilidad ocupa el lugar que antes pertenecía a la energía y al esfuerzo. Aniceto Hevia aseguraba que el derecho a participar de la existencia auténtica se pagaba con cuotas de dolor. El narrador de Pendejo también cree en Heidegger, pero lo que se obtiene en nuestra sociedad neoliberal con el pago de las cuotas es el derecho a suicidarse a largo plazo.Sospecho que con esta épica de la mediocridad Gonzalo León se ha propuesto sacar a luz los orígenes de la farándula contemporánea. Uno de los primeros episodios de la novela ocurre una noche de los años ochenta, cuando Chile enloqueció de entusiasmo porque Cecilia Bolocco había sido elegida Miss Universo, punto de partida de la actual banalidad social que el autor viene representando desde Pornografíapura con un estilo de acentuado sarcasmo, desenfadado y, sobre todo, insolente, que no le teme a la coprolalia y que se mofa de los convencionalismos. Irreverencia al servicio de sacar a luz nuestra trivialidad contemporánea. Pero la irreverencia es arma de doble filo, y si es practicada en exceso le sucede como al cilantro. Evidenciar la mediocridad que nos rodea es un meritorio propósito narrativo que se puede llevar a cabo sin aproximarse peligrosamente a la misma vulgaridad que se denuncia.

lunes, 18 de febrero de 2008

Ajuste de cuentas

Escrita por Leonardo Robles en El Mercurio de Valparaíso (17/02/2008):

En “Pendejo” se pueden apreciar una gran cantidad de tonalidades refractarias, como en un espejo quebrado, donde cada trozo se transmuta en reflejos que devuelven una imagen del autor –que se llama igual que el personaje principal-, las cuales van desde la caricatura hasta el cinismo. León no tiene problemas en reírse de sí mismo y ocupa una narrativa plagada de estrategias de antihéroe, para de este modo desenmascarar y cartografiar a la clase media de los años 90.
León narra en el libro su ingreso a la Universidad de Chile donde estudiaría Periodismo; su bohemia vida en Santiago entre pensiones estudiantiles y prostíbulos; sus primeros trabajos en medios de comunicación; y el comienzo de su flirteo con la narrativa, consiguiendo así entrelazar su vida en medio de los sucesos políticos y sociales ocurridos en Chile durante los primeros años de los gobiernos concertacionistas.
Sin embargo, León no le cree a nadie, desconfía de la sociedad pero al mismo tiempo está ansioso de vivir en ella, prefiriendo siempre el humor antes que el drama. El autor utiliza a la escritura como antídoto contra la soledad, pues de algún modo se nota una carencia del padre, condenado a las sombras por su autoritarismo y ausencia, tema del cual gira una lectura de la novela.
Pero León, a pesar de verse rodeado de fantasmas de los que siente vergüenza ajena, o de los cuales se aprovecha riendo, sale triunfante en una especie de ajuste de cuentas con su propia vida y obra indiferenciada, tornándose “Pendejo” en un libro entretenido y sarcástico en que la escritura se muestra como lo que siempre ha sido: distintas formas de narrarse a uno mismo ante la aglomeración confusa del mundo.

domingo, 10 de febrero de 2008

Ordenar la ausencia

Escrito por Claudia Apablaza en grupobusetadepapel.blogspot.com (Ecuador) el 10/02/2008:

ese tipo que había llenado la noche con una risa del infierno y había acabado hundido en la caricatura demencial de su propio juego, no era el doble de nadie...
(Pablo Azócar)


Pendejo, de Gonzalo León; o tal vez el autor Gonzalo León, o el personaje de Pendejo: un tal Gonzalo León; o incluso ese personaje que está en los escaparates de la librería Crisis, el autor de un libro, un tal Gonzalo León, que se llama igual al narrador del libro, para la sorpresa del mismo; bien podría (n) ser uno de el (los) personaje (s) de Eduardo Halfon y El ángel literario; así como Pablo Azócar, o el personaje de El señor que aparece de espaldas: Fausto, o Damián el personaje que se crea Fausto, bien podrían ser uno de los personajes de Bartleby y cia. de Vila Matas (incluso, y digámoslo, también de Halfon o del que quiera que así sea). Porque es del minuto en que un escritor se decide a serlo, y las infinitas posibilidades que hay de que un autor en esa decisión radical abandone la pertenencia certera de su nombre para trasmutarse en personaje de sí, de los otros, de las cosas, del aire incluso, un héroe, un antihéroe, un superhombre, una figura odiada por sus pares, amigos y familiares o de quién sea, es lo que va desentrañando León en este libro; como una disección, un ajuste de cuentas con el pasado, como dice él, y es lo que algunos insisten en llamar la rareza de la conciencia que debe adquirir el autor de sí mismo y la multiplicidad de caricaturas por venir que ello implica. Un proceso agotador, al fin y al cabo, pero que sucede y que es así (por mucho que algunos dejen de escribir y se escondan en sus madrigueras).
Y esa trasmutación de sujeto a escritor de la que León nos habla en este libro la recuerdo como una imagen que hasta hoy se revuelve (y no se resuelve) en mi cabeza. Es la pregunta que resuena de esa noche en que estaba con León y Nicolás Cornejo bebiendo una cerveza y que me llevó a molestarme, aún sin saber porqué (tal vez por su certeza, o sabe Dios porqué) y que fue cuando Cornejo me dijo si yo había ido a Chile como escritora o qué.
En Pendejo León intenta, entonces, esclarecer esas capas de trasmutaciones y metamorfosis personales y colectivas, bordear el inicio, saber desde cuándo, por qué y dónde comenzó su escritura y luego (o a la vez) trazar un mapa de ese recorrido. Y en ese recorrido ir levantando piedras, piedras que son las de su propia historia personal entrelazada a la historia de Chile, sin dejarla de lado, por supuesto, ya que bien sabemos que León declara tajantemente que el que no lo hace estaría cayendo en el fascismo, pensando que el mapa interno es también el mapa de Chile, o que si uno viaja debe viajar con las ciudades a cuestas. Esté en París, Venezuela o Cumpeo. Y ante esto último le digo por el chat: no tengo idea, León, lo siento.
León realiza en Pendejo entonces, un viaje, un viaje al Chile que lleva a cuestas, al Chile de los 90, a la anunciada democracia que vendrá, que se cruza con el viaje a su adolescencia, a parte de su infancia, a la relación con su padre, con su madre, su entrada a la universidad, al trabajo; intercalando también algunas breves imágenes de su presente. Así nos traza su plano personal, implicando todo el ejercicio de rastreo y aunque en la lectura nunca tuve la certeza exacta para decir si la figura se parece al mapa (imposible saberlo), sí estoy segura es que traza un mapa y de paso saca algunas ronchas y consigue con su texto algunas pataletas de críticos y/o autores que habitan sus caricaturas y su fauna. Y menciono estas pataletas, porque también tiene que ver con el tópico del libro de León: ser escritor y desde cuándo y quiénes lo rodean.
Bien sabemos que desde que el sujeto o persona que publica es escritor, se vuelve más público que antes y comienzan a circular a mayor cantidad y de mayor intensidad teorías, ficciones e ideas, y ya no sólo de ese que antes tenía un nombre “x” inscrito en el registro civil, sino que sus pares se van encargando de escribir su biografía ya sea en sueños, en llamadas telefónicas, en medios escritos, radiales, biografías póstumas, montajes, cahuines, y todo lo que el hombre dispone como medio de comunicación para llamar la atención del otro y configurar el sí mismo. Porque sin esa llamada de atención o ese grito de sí y del otro no se configura el yo, nos diría simplemente Freud. Y le creo. Por mucho que los estructuralistas quieran decir: murió el autor o La mort de l'Auteur, como dirían los más arribistas para demostrar que saben algo de francés y que leyeron a los estructuralistas, aunque sea un resumen y a los post, pasar por Gadamer, Butler, Foucault, Eco, Feyerabend y terminar internándose en las teorías de la autoficción de Serge Doubrovsky que se proclaman por allí, diciendo que renació el autor y que las autobiografías no existen y que los géneros tampoco. (Perdón, Señor, ¿pero no seré yo aquélla?).
Decía que el mapa personal de León es un mapa pesimista. Incluye la sentencia de la propia derrota y la vergüenza ajena: “muy en el fondo nos creíamos héroes de la derrota que vendrá, de la patada en el culo que nos darían los hechos políticos, del siga participando en la seudo democracia. A Pinochet, el Augusto, no lo derrotaremos ni por la razón ni menos por la fuerza. Y eso se lo podremos contar con vergüenza a nuestros hijos, si es que los tenemos”. Asume esa vergüenza y se ríe de ella. También se queda de pie frente a un abismo. En blanco, riéndose de sí mismo y del otro con el jueguito en clave que conlleva el uso de la ironía. Usando también algunos recursos caricaturescos, como cuando se le cuela en su imaginario lo Cartoon Network: La Caperucita, el gallo Claudio, los 4 fantásticos... ¡Aja! Afterpop Latinoamericano, diría Fernández Porta, saliendo tras bambalinas y señalando a León entre los escritores Nocilla. No tengo idea, le diría yo y no me interesa. Puede ser. Pero está el Cartoon Network y me hace reír y me hace recordar que los personajes son caricaturas, que nunca fueron personas, ni animales ni bestias ni humanos, por mucho que los escritores se afanen en hablar aquí y allá de llegada gloriosa de la realidad apetecida y majestuosa.
Tal vez podría terminar esto convenciéndome de que la ausencia (presencia) del padre es una de las figuras centrales tanto en este libro como en todo escritor o sujeto. Es uno de los puntos por donde se mueve todo relato. Apareciendo aquí como fantasma, ausente siempre, lo que crea un narrador-personaje desolado, ausente, carente, riéndose solo de su propia fiesta de graduación que no le servirá para su objetivo de ser escritor en ese momento y que es a lo que aspiraba, pero sí para tener un cartón de la Universidad de Chile, igual que su padre, y que su padre se lo querrá celebrar sólo con un simple hot-dog. De esta forma en Pendejo la escritura se presentará como antídoto a esa ausencia. La necesidad de ser escritor-creador y la angustia que hay en ese proceso, luego ir tras ese camino de regreso o ir hacia atrás para reordenar las piezas de este rompecabezas y explicarle a los demás quién fue ese padre que hoy no está (padre real y la anhelada democracia), quién reemplazó esa figura (el abuelo muerto) y quién, definitivamente la reemplaza hoy: la escritura. “...ella se angustiará más, porque no conoció a mi abuelo, ni sabe cómo era. Intentar explicar esto, entonces, está resultando un ejercicio literario, o un ajuste de cuentas con el pasado”. Y quién es además el personaje de esa escritura: un tal personaje que lleva su nombre y que se implica a fondo en la desgracia de esa ausencia. Un autor que se reproduce en un espejo una y mil veces. ¿Era eso la escritura?
En fin, buscar el punto irreversible donde se comienza a escribir es lo que nos muestra León en este libro, la regresión infinita hacia el propio infierno y todo lo que ello implica; y por otro lado Halfon nos dice para terminar El ángel literario: El ángel literario se asoma, nos eleva efímeramente hacia algunos paraísos y nos arrastra hacia nuestros propios infiernos, y eso es todo, y a la mierda.

Pendejo. Gonzalo León / Editorial La Calabaza del Diablo
Santiago, 2007

martes, 29 de enero de 2008

POR QUÉ ESCRIBIR UN LIBRO TITULADO PENDEJO NO ES SIEMPRE UNA PENDEJADA

Escrita por José Leandro Urbina, autor de "Cobro revertido" y "Las malas juntas":

Gonzalo León escribió una novela corta y la bautizó Pendejo. Así nomás abre la puerta para que se cuelen todo tipo de significados que nos obligan a pensar en un rango que va desde el niño chico hasta el idiota, sin faltar su pequeña dosis de pelo púbico dejado en algún intento frustrado en un baño o en el rincón pecaminoso de un topless. Pero hay más, en las páginas que siguen, sin pelos en la lengua, León pasa revista a una juventud vivida bajo el régimen militar, con un acercamiento minimalista y humoroso.
Páginas raramente impregnadas de cierta tristeza y banalidad naturalizada, donde el mundo pareciera ser para siempre la mediocridad cruel impuesta por una galería de personajes de talento dudoso. Y al mismo tiempo, en este mismo espacio, se desarrolla la épica escrita por Gonzalo León de cómo Gonzalo León, o León o Gordon Lyon, pasó por ingeniería en la Universidad Santa María y por la Democracia Cristiana, como militante, mirando mientras otros tiraban, llegando tarde a su cita con la historia, quedándose apenas con el “chao, gracias” final de Los Prisioneros que terminaban de cantar en la concentración final por el No que sacaría de La Moneda al general Pinochet y dando una vuelta confusa por las calles de Santiago para volver a Viña “sabiendo que por unos segundos fuimos protagonistas de algo histórico o, como le gusta bromear a Dante, de algo antihistórico o nunca antes visto”. Es también la épica de cómo nuestro héroe viñamarino abandona el hogar materno y viaja a la ciudad para convertirse en periodista y finalmente en un escritor publicado.
Todo esto y mucho más nos cuenta el autor- narrador- personaje en noventa y cinco páginas en las que domina el presente con su efecto de cercanía y se salta hacia el pasado o el futuro configurando una narración sin mucho misterio pero tensada por los tonos que emplea Gonzalo León para elaborar uno de los tantos posibles himnos generacionales que termina en uno de esos geniales clímax de las viejas películas roqueras cuando el héroe que lo ha pasado mal y ha sido impugnado por su actitud rebelde entra en la sala a mandarse el concierto final (o inicial) y sus profesores, padres y hasta los policías del pueblo bailan al compás y lo celebran, porque después de todo es un buen muchacho. El libro finaliza con un:
“Con el valor que me va quedando, me pongo de pie y camino hacia la sala, en donde me esperan Johnny, el Roto Quezada, JP, Hugo Cárdenas, Yoko Ono, mi madre y el padre de Dante en representación de mis ex amigos de colegio”.
Y la frase de cierre: “Intento decir algo inteligente, recurrir a la originalidad, pero en verdad no sé qué cresta se puede decir sobre un libro recién escrito”.
Este silencio acechante es el margen con el que siempre juega Pendejo. Desde sus comienzos balbucientes en que trata de explicarnos por qué esta novela es novela pero no es novela: “La historia de esta novela, al igual que muchas otras, podría resumirse en dos: una verdadera y otra falsa, es decir, una que parece creíble y otra que nos gustaría creer”. Un párrafo más abajo el relato se larga: “Vivo en Viña del Mar desde los 3 años, cuando mis padres decidieron ser vecinos de mi abuelo materno, en la población Empart, adyacente a la Quinta Vergara”. Desde allí parte el viaje hacia el libro final (o inicial). Entre medio, un camino lleno de pequeñas aventuras, un narrador que cruza un mundo invadido por personajes en cierta medida autistas, un poquito patéticos y, al mismo tiempo, sin muchas pasiones. Aunque el deseo parece estar allí, siempre aparece en el lugar inadecuado. Se llega a percibir una casi indiferencia ante el sexo que parece haber sido despojado de su ingrediente erótico para convertirse en un ejercicio mecánico de mantención.
La única pasión que parece desarrollarse y perdurar es la de escribir, y la de describir. En muchos momentos de Pendejo, el narrador parece un observador extranjero, un observador que se admira de lo habitual, que recorre con extrañamiento los distintos mundillos santiaguinos sin parar de comentar.
León, el personaje y narrador, es torpe, se mueve torpemente en un espacio que siempre está tratando de entender. León, el escritor, mantiene a su personaje en la aventura callejera, siempre falto de recursos, entrando y saliendo de trabajos que le resultan inmanejables, cayendo en esos estados de pobreza en los que siempre alcanza para una cervecita más o para la caricia más profunda de una puta.
León ha pasado por la escuela de escritores estadounidenses y se percibe al mencionado Easton Ellis o al no mencionado
John Kennedy Toole, pero en realidad a veces sospechamos, mientras leemos Pendejo, el lado ruso de León, el personaje, que podría tornarse en una especie de Rodión Románovich Raskólnikov y eliminar a alguna vieja con plata suficiente para ir al Mall del Sexo.
Pero no pasa, llegamos hasta el final y nos encontramos con que este pequeño libro, sin gran estridencia, le toma el pulso a su manera a la sociedad chilena. La manera de León, me atrevo a afirmar, será más efectiva que muchos sesudos ensayos, porque en su aparente no sentir, en esa especie de anestesia que recorre su universo, está el sentir de muchos que recién empiezan a sacudirse la modorra dictatorial y que, cuando les toca decir algo inteligente sobre lo que terminan de expresar -como a Gonzalo León, León o Gordon Lyon-, se les acaban las palabras.

Pendejada pura

Crítica en suplemento Cultura de La Tercera, escrita por Juan Manuel Vial el 26/01/2008:

Son pocos los que han luchado tan decididamente como Gonzalo León por convertirse en un escritor de fuste. Vea usted: el hombre abandonó la ingeniería, estudió periodismo, emprendió un buen número de lecturas malditas, deambuló en calidad de zombie por las noches santiaguinas, despotricó por escrito contra otros autores, se sumergió en el mundo de las drogas, hizo apología de la borrachera y, corriendo riesgos aun mayores, habitó lugares francamente cochambrosos, en los que predominaba el desorden, la inmundicia y las cucarachas. Sin embargo, después de semejante dedicación, León todavía tiene dudas estruendosas al respecto, a juzgar por un párrafo muy decidor de Pendejo, la novela autobiográfica que acaba de publicar: “Quizás por esto no sé si hoy me gustaría ser escritor. Por el momento solamente escribo, lleno páginas, transcribo historias, que no sé si me pertenecen. ¿Las historias personales son de mi propiedad? Al parecer sí. Pero si en ellas hay más gente involucrada, ¿lo siguen siendo?”.
Según se lee en la contratapa de Pendejo, este libro sería la última parte de una trilogía que se inició con la novela Pornografíapura (2004) y continuó con Punga (2006), una recopilación de crónicas. No obstante, el valor del conjunto parece ser meramente nominal, así como casual y descuidada es la escritura de León: en Pendejo abundan las faltas de ortografía, el mal uso de las comas, la acidia narrativa, los chistecitos fomes, las inexactitudes bárbaras (Pinochet jamás fue Presidente de la República) y, sobre todo lo ya dicho, aquella actitud de adolescente maldito que ha caracterizado al autor en sus obras anteriores, pose literaria que, a estas alturas, sólo puede ser efectiva ante un auditorio de abuelitas mojigatas de provincia.
El protagonista de Pendejo, un gordo que se llama León, narra sus aventuras escolares, universitarias y profesionales desde que llegó a Viña del Mar a los tres años de edad, hasta que se mudó definitivamente a Santiago luego de haber estudiado un año Ingeniería Civil en la Universidad Federico Santa María. Una vez en la capital, León se matriculó en la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile, y allí, entre parranda y parranda, cursó la carrera completa y se recibió, lo cual le permitió trabajar un tiempo en revistas Apsi y Análisis, publicaciones que dejaron de requerir sus servicios con bastante prontitud, como él mismo cuenta sin pelos en la lengua. Y aquí hay un mérito literario, probablemente el único, además de la brevedad, que el lector encontrará en Pendejo: Gonzalo León tiene la capacidad y la frescura para reírse de sí mismo sin contemplaciones.
Ahora como no hay mucho más que decir acerca de Pendejo, tal vez sea útil seguir hablando de su autor. Hoy por hoy, y desde hace tiempo, León escribe una crónica dominical en La Nación, ejercicio en el que se ha ido perfeccionando hasta conseguir aciertos. Es la crónica periodística, por lo tanto, el género en donde este personaje de sí mismo se mueve con mayor comodidad; la crónica escrita al vuelo, la crónica de caminante, la crónica del observador de momentos, la crónica efímera. Y por favor no vaya el lector a creer que este reseñador está siendo irónico, puesto que hay varios colegas de León que posan de grandes cronistas, cuando la verdad sea dicha, la pluma no les da ni para anotar asientos de poca monta en su registro contable.
Pendejo cuenta con un sonoro epígrafe de Enrique Lihn, que, pese a no guardar relación alguna con el contenido de la novela, sí es útil de citar ahora mismo, pues permite al lector, justo al cumplirse dos décadas de la muerte de Lihn, apreciar si en algo han cambiado las cosas aquí: “Vivir en Chile no ha sido nunca, culturalmente hablando, vivir bien; en el día de hoy significa, quizá, la ruina. Las reducciones han llegado al límite. Un solo crítico, ninguna revista, dos salas de conferencia, un lugar de reunión, nada”. La pregunta está planteada.

lunes, 7 de enero de 2008

"Todos quieran estar en Anagrama, es absurdo"

Escrito por Antonio Díaz Oliva el 6 de enero de 2008 en Paniko.cl

En Pendejo, el tercer libro del cronista Gonzalo León, siguen las historias de putas y el descuero al chauvinismo local. Conversamos con el autor de una de las trilogías más criollas del último tiempo.
Como pueden ver he llegado al departamento del escritor y periodista Gonzalo León. Es martes en la tarde y afuera dos tremendas excavadoras piquetean el cemento. Pero aunque el ruido se haga insoportable en el transcurso de esta entrevista, Gonzalo León se las arreglará para contar sobre Pendejo. Su novela donde narra las peripecias que pasa León -su alter ego o algo así- camino a convertirse en escritor. Desde las celebraciones chauvinistas de un país en dictadura por la obtención del título miss universo en un certamen de belleza, las variadas veces en que se va con putas de dudosa calidad, hasta la publicación de su primer libro La Ley del Hielo a comienzos de los noventa.
De eso y un poco más tiene Pendejo, tomo con el que viene a cerrar la trilogía literaria que empezó con Pornografía Pura (2004) y siguió con Punga (2006). El primero corresponde a varias crónicas sobre personajes como Jorge González o el escritor Mauricio Wacquez y el segundo una suerte de best of de su trabajo como cronista en la sección A Sangre Fría de La Nación Domingo.
En la siguiente hora Gonzalo León: 1) Hablará sobre Roberto Bolaño reiteradas veces. 2) Asegurará hasta el cansancio que la nueva camada de escritores como Alejandro Zambra o Álvaro Bisama son lo mismo que la Nueva Narrativa. 3) Mencionará a escritores púberes como Pablo Toro, Esteban Catalán o Diego Zúñiga. 4) Alegará por el esnobismo cultural de los chilenos. 5) Invitará a una cerveza a este entrevistador, lo cual en cualquier escuela de periodismo sería considerado una falta ética. 6) Comenzará esta entrevista aclarando el nacimiento de Pendejo.
“Cuando me preguntaban en un bar por qué llegaste a escribir yo no sabía mucho qué responder, se me venían a la mente determinados hechos. Y los iba contando por separado. Entonces estas situaciones o capítulos o episodios son cosas que yo respondí en distintas épocas de mi vida cuando me preguntaba por qué escribía. Y que ahora junté en un libro”.
-¿Y la idea de hacer una trilogía?
-Eso sale cuando Martín Gambarotta, poeta argentino de la generación del 90, me dijo ‘ah, Pornografía Pura, Punga ¿ahora vas a escribir otro con P?’ Y yo dije bueno. No es gratuito, por eso pensé en un título con P. Escribir con una letra o sin ella, como Perec, es una intencionalidad. Con P empiezan palabras como putas, presidente, pololas, pajas…
-Padres, pérdidas… hay varias…
-Claro. Entonces tiene mucho significante. Como El segundo deseo que es de Ramón Díaz Eterovic donde explica al personaje Heredia. A su vez este libro explica, escrito desde la experiencia, la construcción del personaje que es León. A partir de aquí se puede explicar Pornografía Pura, Punga.
-¿A qué te refieres con escribir desde la experiencia?
-Lo que pasa es que en Chile existe una abnegación por la figura literaria, abnegación y desprecio. Yo en general, tiendo a venerar a la gente que todos desprecian. Escritores como Alfredo Gómez Morel o incluso Luis Cornejo.
“Paralelo a eso existe un endiosamiento a figuras como Pablo Neruda, Gabriela Mistral. Y Roberto Bolaño ahora último. Entonces uno para escribir algo sobre el fenómeno Bolaño o del legado de Bolaño, no tiene por qué leer a Bolaño. Yo cuando hice el artículo de Bolaño en La Tercera me había leído sólo un libro de él. En rigor uno habla del legado y el legado no es solamente en la obra. También es cómo se toman esa obra los otros escritores que vienen atrás. Y yo a esos escritores sí los he leído. A Zambra, o más jóvenes como Pablo Toro, Diego Zúñiga, Claudia Apablaza. O Carlos Labbé. Y a uno le queda claro el legado. El texto de La Tercera se llamaba Escribir sin Bolaño, no se trataba de no lean a Bolaño.
-Entonces es una suerte de consejo para las generaciones que vienen atrás…
-Ni siquiera, esa es como una apreciación para los que vienen tras esta veneración excesiva que se tiene por determinadas figuras, te puede llevar a escribir y leer mal.
“Después del artículo algunos escritores jóvenes me dijeron que cómo era posible que escribiera eso sin haber leído nada de Bolaño. Nada narrativo en todo caso, porque había leído los Perros románticos. Entonces me leí lo que mucha gente asegura que son los dos peores libros de Bolaño: Amuleto y El Gaucho insufrible. No sé poh, gente como Gonzalo Garcés y el crítico de libros de la revista Capital, me dijeron que eran los más malos. Pero es interesante leerse los peores textos, porque en el fondo uno sabe que es desde ahí hacia arriba.
-¿Y qué te pasó?
-Me gustó más Amuleto que el Gaucho… me parece que lo que Bolaño habla no tiene nada que ver con lo que me dijeron. Bolaño plantea algo que es terrible: cuando uno escribe deja de leer por placer, porque uno se transforma en un detective para saber cómo el otro huevón, el otro escritor la hizo.
“En el Gaucho… sale un texto que se llama El policía de erratas. Ahí está todo, la imagen del detective que está en todas partes, en las alcantarillas, en la novela policial, en la literatura. Como cuando Ricardo Piglia habla de esa figura del lector y escritor…
-El escritor como lector dice Piglia.
-Exacto, eso de que cuando uno está escribiendo, está leyendo. El escritor te plantea un texto y en ese texto uno se pone a aventurar, onda ese huevón va por aquí, por allá. En el momento en que yo cacho por donde va ese escritor, dejo de leer, porque ya no me interesa.
“Al final, la narrativa se trata de habilidad, del amague. Es muy importante que nunca te adivinen para dónde vas.”
-Cambiando de tema: ¿Cómo va Bilis, la revista literaria que estás manejando?
-Ya vamos a sacar el número B. Pero curiosamente con los escritores chilenos no ha habido mucha recepción. Esto pasa cuando una revista se instala, que provoca susceptibilidades. Ya no se ve la revista como un hecho cultural, se ve como un hecho político. A quién esto ayudando.
-¿Amiguismo, amistocracia?
-Claro, pero de hecho nosotros estamos como para meter gente totalmente contraria, huevás que a mí no me gustan como Alejandro Zambra y Álvaro Bisama, pero sus colaboraciones se cayeron. Ya dos veces. Me queda muy claro que por ahí no va la cosa. Y curiosamente afuera, gente como Edmundo Paz Soldán han colaborado al tiro.
-¿Y qué quieren con Bilis?
-Que sea un referente narrativo. En estos momentos, escribir narrativa es escribir un libro o salir en un fanzine. Lo que pasa es que desde la dictadura, hasta hoy día el medio literario es muy cerrado. Antes uno tenía la oportunidad de publicar, había alternativas de editoriales.
“Por eso entramos a trabajar con Nicolás Cornejo a coordinar la colección de narrativa de la Calabaza del Diablo y queremos hacer una especie de colección enfocada en jóvenes. Lo que pasa es que ahora no significa mucho escribir, un escritor no es importante ni para este país ni para otro. Quizás para Estados Unidos es importante porque a través de la escritura difunde ideología. Pero nosotros no difundimos nada, qué vamos a difundir ¿Cobre?
-¿Y entonces qué buscan con la parte narrativa juvenil de La Calabaza…?
-Lo que queremos hacer con esta colección que se llama Hazla corta es publicar libros de menos de 60 páginas de escritores jóvenes. Y todo destinado a crear ideología. No sólo vamos a seleccionar buenos textos, sino los textos que intente difundir la ideología de la editorial que es muy simple: esto es una mierda, no a la globalización. Entre un cuento que se desarrolle en Chile o Malasia, preferimos el de Chile. Por algo político. Porque no puede ser que todos los escritores chilenos quieran escribir en Anagrama. Eso es absurdo.
-Como cuando vino Jorge Herralde (editor) y todos los escritores chilenos le pasaban su manuscrito después de la charla.
-Claro, lo que pasa es que existe una negación del chileno hace rato. Yo creo que hay cuentistas de la nueva narrativa, como Jaime Collyer, a quien yo estimo mucho y que en Pendejo aparece, tiene por ejemplo un relato que sucede en Viena. Nada que ver con Chile entonces. Por eso te digo que Zambra y Bisama son sólo una revisión del fenómeno de la nueva narrativa, apuntan a lo mismo.
-Pero cuando salió Bonsái quedó la cagá y las dos generaciones de escritores se pelearon. Además igual plantean algo diferente en cuanto a escritura…
-No importa, son lo mismo. Si tú analizas de texto a texto Gonzalo Contreras y Zambra, es la misma huevá. Lo que pasa es que los polos iguales se repelen. Gonzalo Contreras tiene la misma negación para hablar de Chile, de la realidad, de lo que está pasando, el mismo eufemismo que Zambra. Es la misma huevá.
-¿Cómo así?
-Responden a un mecanismo que es globalizante es decir: una propuesta que podemos vender aquí y en la China. Y eso lo hace Ediciones B y ellos se adecuan a esa propuestas, porque por ejemplo Bonsái podría ser un libro que transcurriera durante la unidad popular…
-Pero de seguro Alejandro Zambra entiende la narrativa de otra forma…
-Sí, claro. Pero lo que pasa es que los narradores desde hace mucho tiempo le están haciendo la pega fácil al traductor, entonces escriben en español internacional, de aeropuerto.
-¿Sin chilenismos te refieres?
-Ajá. Y si vemos la narrativa cubana, por ejemplo, Pedro Juan Gutiérrez, que escribe huevás que uno no entiende y ni siquiera aparece explicado abajo. Eso no pasa acá y demuestra que muchos narradores chilenos no quieren nada de Chile.
-¿Pero eso no es Chile también? Para muchas personas eso de ser un país, digamos, “extranjerizable” es parte de la identidad…
-Sí, pero eso es un pensamiento de las élites, tanto política como económica. Y yo me niego a que eso suceda en la parte cultural. Si un compadre va a estar escribiendo así, yo me lo voy a mandar a guardar, porque vivimos en un país que se llama Chile. No vivimos en Internet, no somos el patio trasero de Estados Unidos ni España. Entonces que no hueven.
“Me acuerdo que al Raúl Ruiz lo entrevistó el Cristián Warnken. Y le preguntó: ¿a Ud. qué literatura le gusta?, ¿le gusta la literatura del boom?, ¿la de los 50?, ¿José Donoso? Y Ruiz dijo: no, no, a mí toda esa literatura, desde la generación del 50, me parece de un arribismo intelectual sublime que refleja a este país. Porque la verdadera literatura, y que a mí me gusta, es la literatura del criollismo, Federico Gana, Mariano Latorre. ¿Cachai a lo que me refiero? Porque hay que tener en cuenta que Raúl Ruiz es un tipo premiado en Francia, en Cannes y dice eso.
-Pero igual las nuevas generaciones de escritores tal vez vengan más extranjerizadas…
-Por eso escribí Pendejo. Y por eso no está dedicado a mí, sino a los pendejos de Chile para que lo que te expliqué no pase. En Chile se habla de las minorías: la de homosexuales, de pobres, etc. Y al final es como una gran minoría. Y a esa gran minoría yo le escribo. Al resto les diría lo de Jorge González: por qué no se van del país.
-¿Aunque Jorge González se fue y terminó haciendo electrónica?
-Ehhh sí, claro. Es que yo estoy hablando de la frase en este contexto.
-Ah, demás.

miércoles, 2 de enero de 2008

Gordon Lyon. aleonado

Escrito por Mili Rodríguez Villouta en La Nación (02/01/2008)

La biografía prematura de Rafael Gumucio nos preparó: desde sus precoces comienzos miraba el mundo en pasado. Gonzalo León en cambio, dirá, escribirá en futuro, un pasado que no termina de pasar. "En dos horas más iré a buscar mi sueldo a la revista Análisis, y en vista de que no lo recibiré por problemas de firma, me envalentonaré y empezaré a agarrar cosas en parte de pago: una máquina de escribir Underwood, una grabadora, las Páginas Amarillas del año".
A ratos este pasado futurizado adquiere una solemnidad propiamente freak, porque el periodista Gonzalo León, el autor de "Pendejo", tiene una comicidad única, y nunca se sabe si es él el que se está riendo de nosotros o nosotros de él.
Esta ¿novela de no ficción? es una memoria personal sin nostalgia y una suma de anécdotas escritas con desparpajo. Con una rara inocencia de pendejo, esa edad intermedia que hoy por hoy va entre los 15 y los 35 años (y antes sólo alcanzaba la franja dorada de entre los 15 y los 20).
En fin, que "Pendejo" -en edición de 800 ejemplares, casi un incunable- comienza con León citando a Enrique Lihn: "Vivir en Chile no ha sido nunca, culturalmente hablando, vivir bien ( ) Las reducciones han llegado al límite. Un solo crítico, ninguna revista, dos salas de conferencia, un lugar de reunión, nada".
Y él, Gordon Lyon, lo llama su amigo JP, atravesará el Chile de su juventud renunciando y siendo echado de radios, revistas y lugares donde ejerce fugazmente de relacionador público. En APSI, por ejemplo, le encargan un publirreportaje de Codelco, en El Salvador, pero bajo la volátil influencia del alcohol termina escribiendo en detalle sobre la vida loca del campamento minero, sus carretes y reventones. Respecto a su generación, a ratos León parece un ejemplar orgulloso, y a veces un individuo irreductible. En todo caso, "a Pinochet -sostiene- no lo derrotamos por la razón ni menos por la fuerza. Y eso se lo podremos contar con vergüenza a nuestros hijos, si es que los tenemos".
En cuanto a Viña del Mar, ciudad donde comienza su historia, dice: "Tiemblo al imaginarme viviendo acá hasta viejo, pero también tiemblo al verme en otra parte que no sea Viña". Lo que transmite Lyon, junto a su humor inclasificable -lo más cercano sería Laurel y Hardy- es que la literatura, el periodismo y hasta la vida, son una torpeza y una broma. Libro entretenido como muy pocos.

PENDEJO
Gonzalo León
Libros La Calabaza del Diablo
Santiago, Chile, 2007
95 páginas

http://http://www.lanacion.cl/prontus_noticias_v2/site/artic/20080101/pags/20080101170243.html