Escrito por Luis Riffo en el sumplemento Invite de El Mercurio de Valparaíso:
Usando una expresión recurrente de León, este libro me recuerda a Bukowski o alguien por el estilo. No sólo por los tumbos que el protagonista experimenta de principio a fin, sino por la deliberada voluntad de escribir al margen de lo que podríamos llamar “lenguaje literario”. Pendejo es la última entrega de una trilogía compuesta además por Pornografíapura y Punga. Una tríada que puede descomponer el rostro de quienes esperan una experiencia estética aséptica o una incursión en las complejidades del idioma.
Lo que se propone como una novela es una variante de ese estilo de crónica periodística que ha significado cierta fama para el autor, del que ha dado muestras en las páginas de La Nación del día domingo: periodismo en primera persona que exacerba la negación de la objetividad que se le atribuye al ejercicio de esa profesión. León simplemente se antepone a los acontecimientos, se convierte en el cristal brumoso a través del cual el lector observa los hechos, casi siempre cotidianos, patéticos, pero llenos de implicancias políticas y culturales.
La historia se desarrolla desde el egreso del colegio del protagonista hasta el lanzamiento de su primer libro, es decir, desde mediados de los ochenta hasta 1994, período que coincide con las postrimerías de la dictadura y el comienzo de la democracia. La seguidilla de desventuras, desaciertos y conductas inapropiadas del personaje tiene como nítido telón de fondo las desventuras, desaciertos y conductas inapropiadas de la clase política chilena, la cual recibe siempre un ácido comentario crítico que se concentra principalmente en las condiciones en que se produjo la transición a la democracia. Desde la coronación de Cecilia Bolocco hasta las segundas elecciones presidenciales, la novela va dibujado una visión escéptica y pesimista del comportamiento social y lo hace desde la perspectiva de un testigo que actúa con una premeditada o inevitable actitud políticamente incorrecta.
Me imagino que a Gonzalo León (el autor) le resulta irrelevante la discusión acerca de los méritos literarios de su novela. Es posible que me equivoque. El lenguaje es coloquial y las citas literarias carecen de pretensiones culteranas. No hay ingenuidad en ello. El talento narrativo de León queda demostrado por la solidez de la estructura novelesca, un hilo narrativo que nunca se corta pese a las aparentes digresiones, el versátil juego con los tiempos verbales y esa conciencia de ser un exhibicionista que se pone a disposición del voyeurismo de los lectores: “me encuentro con mi tocayo que, como ustedes observan, está sentado en una escala”.
Lo cierto es que la sucesión de desastrosas anécdotas de su vida de estudiante tiene una gracia y una frescura poco frecuentes y que es posible asimilar con esas historias de desvergonzada supervivencia propias de la novela picaresca, aquella que, bajo el pretexto de un cínico moralismo, desplegaba una serie de conductas que no debían ser imitadas.
Ese embutido de Henry Chinaski y Lazarillo de Tormes que es Gonzalo León (el personaje) tiene la eficacia de una postura ética y política que funciona por negación. Al actuar de manera contraria al sentido común o a las reglas de un contexto puesto en tela de juicio, destruye todo sustento válido, reduce a cenizas la seriedad de las instituciones y nos hace reír mientras se disuelven los espejismos de un país ilusoriamente exitoso.
lunes, 21 de abril de 2008
lunes, 14 de abril de 2008
Bueno el cilantro...
Escrito por José Promis en Revista de Libros de El Mercurio (13/04/2008):
La lectura de Pendejo, la reciente publicación de Gonzalo León, trae el recuerdo de Pornografíapura (2004), donde el autor aseguraba que en sus inicios el texto había tratado de presentar una historia lo más original posible. Seguramente era la respuesta al desconcierto de los lectores ante un libro que se definía como novela, pero sin parecer tal. Desafortunadamente no tengo a la vista el texto de Punga (2006) y no me viene a la memoria una justificación semejante, pero las páginas de Pendejo se inician con la frase: "La historia de esta novela, al igual que muchas otras, podría resumirse en dos: una verdadera y otra falsa, es decir, una que parece creíble y otra que nos gustaría creer". Una cuchufleta aristotélica -aunque honestamente no sé si el autor habrá tenido la voluntad de bromear con la Poética- que enfatiza el carácter híbrido, lúdico y desenfadado de la prosa que ha venido practicando Gonzalo León, con un estilo que tiene mucho de crónica periodística amarilla y narrativa de imaginación. En Pendejo, ficción pura y ficcionalización de la realidad biográfica dejan siempre la incertidumbre sobre sus límites. Aunque Paul Gauguin nunca vivió en Iquique, como afirma la voz narrativa, las peripecias que relata nacen sin duda de las propias experiencias del autor.Lo cierto es que Gonzalo León se divierte calzando los zapatos de su protagonista para narrar sus zarzaleras aventuras. Y aunque sé que este adjetivo no existe en nuestro idioma, no se me ocurre otro para referirme a las andanzas de Gordon Lyon, como lo llama uno de sus cuates en Pendejo; andanzas que tienen una base biográfica indudable, pero que narradas por la voz del Gonzalo León de papel se transforman en matorrales imaginarios que hieren e incomodan; que pueden exasperar, pero también conducirnos a la reflexión y el asentimiento. La sátira narrativa de Pendejo concluye por ahora el desarrollo de la formación de un prototipo humano característico de la sociedad chilena actual, al menos como lo considera su autor. Contemplamos al Gonzalo León protagonista desde que termina el colegio en Viña del Mar a mediados de los años ochenta hasta que se recibe en Periodismo diez años después. Su historia constituye una narrativa antiépica que desnuda un mundo de banalidad donde los nuevos héroes obtienen su valentía del consumo del alcohol, la pasta base, la marihuana y la cocaína; donde la acomodación ha suplantado a los antiguos ideales y la irresponsabilidad ocupa el lugar que antes pertenecía a la energía y al esfuerzo. Aniceto Hevia aseguraba que el derecho a participar de la existencia auténtica se pagaba con cuotas de dolor. El narrador de Pendejo también cree en Heidegger, pero lo que se obtiene en nuestra sociedad neoliberal con el pago de las cuotas es el derecho a suicidarse a largo plazo.Sospecho que con esta épica de la mediocridad Gonzalo León se ha propuesto sacar a luz los orígenes de la farándula contemporánea. Uno de los primeros episodios de la novela ocurre una noche de los años ochenta, cuando Chile enloqueció de entusiasmo porque Cecilia Bolocco había sido elegida Miss Universo, punto de partida de la actual banalidad social que el autor viene representando desde Pornografíapura con un estilo de acentuado sarcasmo, desenfadado y, sobre todo, insolente, que no le teme a la coprolalia y que se mofa de los convencionalismos. Irreverencia al servicio de sacar a luz nuestra trivialidad contemporánea. Pero la irreverencia es arma de doble filo, y si es practicada en exceso le sucede como al cilantro. Evidenciar la mediocridad que nos rodea es un meritorio propósito narrativo que se puede llevar a cabo sin aproximarse peligrosamente a la misma vulgaridad que se denuncia.
La lectura de Pendejo, la reciente publicación de Gonzalo León, trae el recuerdo de Pornografíapura (2004), donde el autor aseguraba que en sus inicios el texto había tratado de presentar una historia lo más original posible. Seguramente era la respuesta al desconcierto de los lectores ante un libro que se definía como novela, pero sin parecer tal. Desafortunadamente no tengo a la vista el texto de Punga (2006) y no me viene a la memoria una justificación semejante, pero las páginas de Pendejo se inician con la frase: "La historia de esta novela, al igual que muchas otras, podría resumirse en dos: una verdadera y otra falsa, es decir, una que parece creíble y otra que nos gustaría creer". Una cuchufleta aristotélica -aunque honestamente no sé si el autor habrá tenido la voluntad de bromear con la Poética- que enfatiza el carácter híbrido, lúdico y desenfadado de la prosa que ha venido practicando Gonzalo León, con un estilo que tiene mucho de crónica periodística amarilla y narrativa de imaginación. En Pendejo, ficción pura y ficcionalización de la realidad biográfica dejan siempre la incertidumbre sobre sus límites. Aunque Paul Gauguin nunca vivió en Iquique, como afirma la voz narrativa, las peripecias que relata nacen sin duda de las propias experiencias del autor.Lo cierto es que Gonzalo León se divierte calzando los zapatos de su protagonista para narrar sus zarzaleras aventuras. Y aunque sé que este adjetivo no existe en nuestro idioma, no se me ocurre otro para referirme a las andanzas de Gordon Lyon, como lo llama uno de sus cuates en Pendejo; andanzas que tienen una base biográfica indudable, pero que narradas por la voz del Gonzalo León de papel se transforman en matorrales imaginarios que hieren e incomodan; que pueden exasperar, pero también conducirnos a la reflexión y el asentimiento. La sátira narrativa de Pendejo concluye por ahora el desarrollo de la formación de un prototipo humano característico de la sociedad chilena actual, al menos como lo considera su autor. Contemplamos al Gonzalo León protagonista desde que termina el colegio en Viña del Mar a mediados de los años ochenta hasta que se recibe en Periodismo diez años después. Su historia constituye una narrativa antiépica que desnuda un mundo de banalidad donde los nuevos héroes obtienen su valentía del consumo del alcohol, la pasta base, la marihuana y la cocaína; donde la acomodación ha suplantado a los antiguos ideales y la irresponsabilidad ocupa el lugar que antes pertenecía a la energía y al esfuerzo. Aniceto Hevia aseguraba que el derecho a participar de la existencia auténtica se pagaba con cuotas de dolor. El narrador de Pendejo también cree en Heidegger, pero lo que se obtiene en nuestra sociedad neoliberal con el pago de las cuotas es el derecho a suicidarse a largo plazo.Sospecho que con esta épica de la mediocridad Gonzalo León se ha propuesto sacar a luz los orígenes de la farándula contemporánea. Uno de los primeros episodios de la novela ocurre una noche de los años ochenta, cuando Chile enloqueció de entusiasmo porque Cecilia Bolocco había sido elegida Miss Universo, punto de partida de la actual banalidad social que el autor viene representando desde Pornografíapura con un estilo de acentuado sarcasmo, desenfadado y, sobre todo, insolente, que no le teme a la coprolalia y que se mofa de los convencionalismos. Irreverencia al servicio de sacar a luz nuestra trivialidad contemporánea. Pero la irreverencia es arma de doble filo, y si es practicada en exceso le sucede como al cilantro. Evidenciar la mediocridad que nos rodea es un meritorio propósito narrativo que se puede llevar a cabo sin aproximarse peligrosamente a la misma vulgaridad que se denuncia.
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