lunes, 21 de abril de 2008

Entre Chinaski y el Lazarrillo de Tormes

Escrito por Luis Riffo en el sumplemento Invite de El Mercurio de Valparaíso:

Usando una expresión recurrente de León, este libro me recuerda a Bukowski o alguien por el estilo. No sólo por los tumbos que el protagonista experimenta de principio a fin, sino por la deliberada voluntad de escribir al margen de lo que podríamos llamar “lenguaje literario”. Pendejo es la última entrega de una trilogía compuesta además por Pornografíapura y Punga. Una tríada que puede descomponer el rostro de quienes esperan una experiencia estética aséptica o una incursión en las complejidades del idioma.
Lo que se propone como una novela es una variante de ese estilo de crónica periodística que ha significado cierta fama para el autor, del que ha dado muestras en las páginas de La Nación del día domingo: periodismo en primera persona que exacerba la negación de la objetividad que se le atribuye al ejercicio de esa profesión. León simplemente se antepone a los acontecimientos, se convierte en el cristal brumoso a través del cual el lector observa los hechos, casi siempre cotidianos, patéticos, pero llenos de implicancias políticas y culturales.
La historia se desarrolla desde el egreso del colegio del protagonista hasta el lanzamiento de su primer libro, es decir, desde mediados de los ochenta hasta 1994, período que coincide con las postrimerías de la dictadura y el comienzo de la democracia. La seguidilla de desventuras, desaciertos y conductas inapropiadas del personaje tiene como nítido telón de fondo las desventuras, desaciertos y conductas inapropiadas de la clase política chilena, la cual recibe siempre un ácido comentario crítico que se concentra principalmente en las condiciones en que se produjo la transición a la democracia. Desde la coronación de Cecilia Bolocco hasta las segundas elecciones presidenciales, la novela va dibujado una visión escéptica y pesimista del comportamiento social y lo hace desde la perspectiva de un testigo que actúa con una premeditada o inevitable actitud políticamente incorrecta.
Me imagino que a Gonzalo León (el autor) le resulta irrelevante la discusión acerca de los méritos literarios de su novela. Es posible que me equivoque. El lenguaje es coloquial y las citas literarias carecen de pretensiones culteranas. No hay ingenuidad en ello. El talento narrativo de León queda demostrado por la solidez de la estructura novelesca, un hilo narrativo que nunca se corta pese a las aparentes digresiones, el versátil juego con los tiempos verbales y esa conciencia de ser un exhibicionista que se pone a disposición del voyeurismo de los lectores: “me encuentro con mi tocayo que, como ustedes observan, está sentado en una escala”.
Lo cierto es que la sucesión de desastrosas anécdotas de su vida de estudiante tiene una gracia y una frescura poco frecuentes y que es posible asimilar con esas historias de desvergonzada supervivencia propias de la novela picaresca, aquella que, bajo el pretexto de un cínico moralismo, desplegaba una serie de conductas que no debían ser imitadas.
Ese embutido de Henry Chinaski y Lazarillo de Tormes que es Gonzalo León (el personaje) tiene la eficacia de una postura ética y política que funciona por negación. Al actuar de manera contraria al sentido común o a las reglas de un contexto puesto en tela de juicio, destruye todo sustento válido, reduce a cenizas la seriedad de las instituciones y nos hace reír mientras se disuelven los espejismos de un país ilusoriamente exitoso.

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