martes, 29 de enero de 2008

Pendejada pura

Crítica en suplemento Cultura de La Tercera, escrita por Juan Manuel Vial el 26/01/2008:

Son pocos los que han luchado tan decididamente como Gonzalo León por convertirse en un escritor de fuste. Vea usted: el hombre abandonó la ingeniería, estudió periodismo, emprendió un buen número de lecturas malditas, deambuló en calidad de zombie por las noches santiaguinas, despotricó por escrito contra otros autores, se sumergió en el mundo de las drogas, hizo apología de la borrachera y, corriendo riesgos aun mayores, habitó lugares francamente cochambrosos, en los que predominaba el desorden, la inmundicia y las cucarachas. Sin embargo, después de semejante dedicación, León todavía tiene dudas estruendosas al respecto, a juzgar por un párrafo muy decidor de Pendejo, la novela autobiográfica que acaba de publicar: “Quizás por esto no sé si hoy me gustaría ser escritor. Por el momento solamente escribo, lleno páginas, transcribo historias, que no sé si me pertenecen. ¿Las historias personales son de mi propiedad? Al parecer sí. Pero si en ellas hay más gente involucrada, ¿lo siguen siendo?”.
Según se lee en la contratapa de Pendejo, este libro sería la última parte de una trilogía que se inició con la novela Pornografíapura (2004) y continuó con Punga (2006), una recopilación de crónicas. No obstante, el valor del conjunto parece ser meramente nominal, así como casual y descuidada es la escritura de León: en Pendejo abundan las faltas de ortografía, el mal uso de las comas, la acidia narrativa, los chistecitos fomes, las inexactitudes bárbaras (Pinochet jamás fue Presidente de la República) y, sobre todo lo ya dicho, aquella actitud de adolescente maldito que ha caracterizado al autor en sus obras anteriores, pose literaria que, a estas alturas, sólo puede ser efectiva ante un auditorio de abuelitas mojigatas de provincia.
El protagonista de Pendejo, un gordo que se llama León, narra sus aventuras escolares, universitarias y profesionales desde que llegó a Viña del Mar a los tres años de edad, hasta que se mudó definitivamente a Santiago luego de haber estudiado un año Ingeniería Civil en la Universidad Federico Santa María. Una vez en la capital, León se matriculó en la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile, y allí, entre parranda y parranda, cursó la carrera completa y se recibió, lo cual le permitió trabajar un tiempo en revistas Apsi y Análisis, publicaciones que dejaron de requerir sus servicios con bastante prontitud, como él mismo cuenta sin pelos en la lengua. Y aquí hay un mérito literario, probablemente el único, además de la brevedad, que el lector encontrará en Pendejo: Gonzalo León tiene la capacidad y la frescura para reírse de sí mismo sin contemplaciones.
Ahora como no hay mucho más que decir acerca de Pendejo, tal vez sea útil seguir hablando de su autor. Hoy por hoy, y desde hace tiempo, León escribe una crónica dominical en La Nación, ejercicio en el que se ha ido perfeccionando hasta conseguir aciertos. Es la crónica periodística, por lo tanto, el género en donde este personaje de sí mismo se mueve con mayor comodidad; la crónica escrita al vuelo, la crónica de caminante, la crónica del observador de momentos, la crónica efímera. Y por favor no vaya el lector a creer que este reseñador está siendo irónico, puesto que hay varios colegas de León que posan de grandes cronistas, cuando la verdad sea dicha, la pluma no les da ni para anotar asientos de poca monta en su registro contable.
Pendejo cuenta con un sonoro epígrafe de Enrique Lihn, que, pese a no guardar relación alguna con el contenido de la novela, sí es útil de citar ahora mismo, pues permite al lector, justo al cumplirse dos décadas de la muerte de Lihn, apreciar si en algo han cambiado las cosas aquí: “Vivir en Chile no ha sido nunca, culturalmente hablando, vivir bien; en el día de hoy significa, quizá, la ruina. Las reducciones han llegado al límite. Un solo crítico, ninguna revista, dos salas de conferencia, un lugar de reunión, nada”. La pregunta está planteada.

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