Un diccionario de lugares comunes, chistecitos que no funcionan y un personaje narrador estúpido por donde lo miren, podría ser el resumen de la última entrega del periodista Gonzalo León. La novela se titula Pendejo y narra en primera persona las aventuras de un pobre huevón de Viña -llamado igual que el autor- que sale del colegio en los tiempos del Sí y el No. Como el texto es terriblemente predecible, el niño es activista del No y politiquiento al peo. Después entra a estudiar ingeniería, se le muere el abuelo con el que vive y se da cuenta de que quiere ser escritor. Para eso se viene a vivir a Santiago a estudiar periodismo, la carrera de los escritores y animadores de televisión. Una vez en la capital el personaje se vuelve más chorito aún, no tiene plata para nada, vive en pensiones, fuma pasta base, va a casas de putas, siente que tiene talento literario y tiene trabajos esporádicos como periodista. La novela está llena de personajes con nombres reales: una ofensa.
La sensación que produce este libro son náuseas, pues está lleno de clichés de adolescentes tirados a rebeldes. Con esto me refiero a que esta novela estúpidamente bien titulada, goza de un sinnúmero de frases del tipo: "la vida es un suicidio a largo plazo, que vamos pagando en cómodas cuotas", "la droga no mata, pero el desempleo, el hambre y la falta de drogas sí"; sólo por mencionar unas pocas de una larga lista de sentencias terriblemente graves, entremedio de unos episodios supuestamente cómicos de putas y pitos, que no vale la pena recordar.
Me extraña que en la editorial donde publican a un grande como Marcelo Mellado, también publiquen un libro tan malo, cuya única virtud está en que se lee rápido: en un ataque de diarrea ya está todo el libro listo. Ni cagando recomiendo su lectura, a menos que un lector profesional quiera ver en detalle cómo se escribe un libro malo.
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